Poesía personalizada

¡Buenos días!

Hoy, os traigo algo muy especial para mí. Se trata de una poesía que escribí hace poco tiempo como regalo para una amiga embarazada.

No es algo que tuviera pensado y nunca había escrito nada así pero quería hacer algo especial para que le diera fuerza en el tramo final de su embarazo. Quería que tuviese un recuerdo bonito que fuese personal y único y que al mismo tiempo estuviera lleno de sentimientos. Nada material. Creo que al final lo conseguí porque se emocionó mucho cuando se la di, contagiándome a mí su felicidad.

Tras mucho pensar qué regalo escoger, me surgió la idea de escribirle una poesía dedicada a su esperado bebé y utilicé como hilo conductor el significado del nombre que habían elegido para él. En este caso, Adrián: “aquel que viene del mar”.

La escribí en una hoja de papel estilo pergamino y ayudándome de las nuevas tecnologías conseguí hacerlo con una letra que parecía escrita con pluma, otorgándole un efecto vintage bastante elegante y bonito.

La verdad es que me sorprendió el resultado y me pareció un detalle muy personal y emotivo, idóneo para ese momento. Tanto es así, que me gustaría incorporar esta nueva actividad a mi perfil profesional formando parte de uno de los proyectos que tengo en mente, de los que ya os adelanté algo el pasado martes. Tengo que perfilar los detalles. Ya os iré informando acerca de las novedades.

A continuación, os dejo dicha poesía.  El contenido es exactamente el mismo, solo cambia el papel y la letra pero es una muestra muy similar a la real y así podéis haceros una idea. Espero que os guste tanto como a ella.

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¿Qué os ha parecido?

¿No os parece buena idea; ponerle un marco bonito y colocarla en el cuarto del bebé?

¡Espero que os haya gustado!

Un abrazo.

El viaje continúa

¡Buenos días! ¿Qué tal ha comenzado el martes?

Hoy, en lugar de dejaros una nueva entrega de novela, os traigo noticias y novedades.

Como la mayoría de vosotras sabéis, estoy esperando la llegada de mi primer hijo y aunque es un momento de mi vida muy especial y que vivo con mucha ilusión, el avanzado estado en el que me encuentro me impide hacer todo lo que quisiera a lo largo de la semana. Voy acercándome poco a poco al final de esta maravillosa etapa para comenzar otra nueva, que espero con mucha emoción. Ser madre sí que debe ser toda una aventura…

La verdad es que comienzo a encontrarme muy cansada y a pesar de programarme el trabajo respetando ciertas horas de descanso, las semanas parecen diluirse demasiado rápido sin apenas darme tiempo a nada. Así que, ha llegado el momento de tomarme las cosas con un poco de más calma y respetar mis necesidades en este momento tan importante. No puedo comprometerme con vosotros a traeros una nueva entrega cada martes porque no sé si podré cumplirlo.

¿Significa esto que voy a dejar de publicar? NO. Pero escribiré cuando tenga un impulso creativo o en un momento de inspiración… Cuando realmente me apetezca y sienta la energía suficiente para hacerlo, sin obligarme a mí misma y sin presionarme. Tomándome la escritura con más calma… No sé con qué ritmo iré haciéndolo, pero seréis los primeros en saberlo.

Tengo muchos proyectos en mente. Secciones nuevas para esta página, muy interesantes y divertidas en las que os propondré participar mucho más. Estoy segura de que os encantarán. Además, tengo algunas ideas para seguir creciendo como escritora y mejorar todo lo posible.

Por supuesto, sigo trabajando en mi primera novela y espero no retrasar mucho su publicación.

Aunque haga una pequeña “pausa”, mi mente sigue creando y tengo muchas ideas tejiéndose en ella, que espero con ilusión, poder darles forma y ponerlas a vuestra disposición.

¡Os esperan muchas novedades!

¿No iréis a perdéroslas, verdad?

¡El viaje continúa! No os vayáis. Sin vosotros no sería lo mismo.

Un abrazo y gracias por vuestro apoyo!

 

Una aventura de mucha tinta. Capítulo 8.

¡Buenas tardes! ¿Cómo lleváis el día de hoy?

Espero que estéis pasando un martes estupendo, y para terminar de amenizarlo, os traigo el último capítulo de la novela corta “Una aventura de mucha tinta”.

Os dejo el enlace de todas las entregas anteriores por si os habéis perdido alguna. Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 3  Una aventura de mucha tinta. Capítulo 4 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 5 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 6 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 7.

¿Estáis listos para descubrir el final? Empieza en 1, 2, 3…

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Capítulo 8

Se acerca el momento de la despedida y no hago más que pensar en cómo me gustaría que ese momento no llegase jamás.

Este fin de semana está siendo una explosión de sentidos, una experiencia que parece haber sido diseñada para vivir de una forma singular cada uno de los sentidos. Como si hubiese contratado una de esas experiencias que vienen en cajas de regalos y que te ofrecen descubrir un mundo nuevo de sensaciones: un tour gastronómico, un fin de semana romántico y pasional, una actividad relajante en pareja o una actividad excitante para descargar adrenalina. Solo que yo he vivido todas esas experiencias en dos días y al mismo tiempo, lo que ha supuesto una vivencia límite que ha llevado  a cada uno de mis sentidos a su máxima expresión.

Está resultando tan emocionante que no sé si sería capaz de prolongar mucho en el tiempo todas estas sensaciones. Estoy exhausta. Aunque esté disfrutando del mejor fin de semana de toda mi vida, no sé si podría sostener este nivel de éxtasis en todo mi ser. Vivir así debe ser agotador…

En ciertos instantes, el miedo se apodera de mí y quisiera salir corriendo, alejarme de todas estas emociones y volver a mi patética vida y mi aburrida rutina. Sin embargo, en otros, toda la pasión y el placer continuo lleva a mi ser a una descarga eléctrica de emociones adictiva de la que no quiero desprenderme por nada del mundo.

Lo miro, lo toco y lo siento y deseo hacerlo cada día. Dejarme llevar y olvidarme de todas mis responsabilidades, prejuicios e ideas preconcebidas, vivir la pasión que nos envuelve y enredarme en su cuerpo cada noche y cada día, vivir al límite y explorar cada milímetro de mi cuerpo y el suyo. Pero mi angustiada y controladora mente, se empeña en recordarme que quizás esta aventura está resultando tan excitante por la simple razón de tener un final predeterminado y si perdurase en el tiempo, automáticamente perdería toda la fuerza de su vivencia. Entonces me invade la nostalgia y salgo de esa ensoñación que parece imposible en la vida real. Además, tampoco sé qué piensa y desea él. Tal vez está llevando al límite esta aventura porque ya sabe que va a finalizar.

Él, sin embargo, parece estar en plena calma. Su mirada y su presencia reflejan un estado de paz absoluta, como si se encontrase en un sueño o en un mundo paralelo en el que no existen las preocupaciones y del que solo tiene que disfrutar. El dominio que tiene de la situación, me hace pensar que su estado natural es muy similar a éste. Una persona de naturaleza tranquila, que sabe disfrutar de cada momento que le ofrece la vida y que se preocupa solo por lo que realmente es importante. Puede que me equivoque, al fin y al cabo, apenas le conozco pero su mirada sigue siendo tan limpia que dudo esconda alguna mala sorpresa.

No hay vuelta atrás. Es hora de continuar con nuestras vidas.

Llegamos hasta mi coche y nos miramos sabiendo que ha llegado el momento de la temida despedida. Apoyo mi espalda sobre la puerta del conductor y lo miro directamente a los ojos. No quiero irme sin ver por última vez la claridad de sus ojos, esa pureza que tanto me ha conquistado. Él da un paso hacia mí y coloca sus manos en mi cintura. Me observa con una sonrisa pícara y une nuestros labios para darme un beso comedido.

—Sabes que este no tiene por qué ser el final —añade muy cerca aún de mis labios.

—¿Y cuál es entonces? —pregunto esperanzada y al mismo tiempo temerosa.

—El que nosotros queramos —me mira esperando alguna respuesta que le aclare lo que yo quiero pero el nudo que se ha formado en mi garganta me impide pronunciar palabra y lo único que puedo hacer es tragar saliva e intentar que se deshaga, devolviéndome el habla.

Sube sus manos hacia mi cuello, rodeándolo con ellas como si quisiera sujetar mi cabeza y elevar mi rostro para impedir que desvíe la mirada. Acaricia mi mandíbula sutilmente con sus pulgares y fija sus ojos sobre mí, llegando con ellos has el fondo de mi alma. Siento que puede leer lo que se esconde en ella y que sin esfuerzo ninguno, extrae mis sentimientos a la superficie dejándome expuesta a sus encantos. Mi corazón se agita y mi respiración se vuelve irregular, a medida que mi deseo se incrementa de nuevo. Vuelve a besarme, delicadamente, jugando con su lengua en mi interior, saboreándome, como si fuese la primera vez que lo hace. Me deshago bajo sus labios y sus manos, deseando volver a su casa y unirnos de nuevo. Se separa despacio pero mantiene la corta distancia que hay entre ambos, rozando casi, mi labio inferior al mover el suyo mientras habla.

—Este fin de semana ha sido bastante inesperado. No pensaba encontrarme contigo el viernes y mucho menos que te quedaras hasta hoy conmigo. Pero me alegro muchísimo de que te perdieras y bebieras más de la cuenta porque ello te llevó hasta mí. No creo en las casualidades y si ha pasado es por alguna razón.  No pensaba que serías así pero has ido sorprendiéndome a cada segundo… ¿No esperarás que me despida de ti sin más, no?

—Yo… Bueno… No sé… —me cuesta creer lo que estoy oyendo y mi mente se ha bloqueado ante la inesperada declaración— Yo es que no suelo ser así… En realidad no soy la Ana que tú conoces. Soy mucho más aburrida, controladora y por supuesto nada impulsiva. Jamás se me hubiese ocurrido hacer algo como esto, ni me hubiese quedado a pasar el fin de semana con nadie sin estar completamente fuera de mi juicio. Soy mucho más responsable y  nunca cometo locuras… Solo me he dejado llevar porque estaba desesperada y me daba exactamente igual lo que pudiera pasar… pero esto ha sido una excepción… Una maravillosa excepción —quiero dejarle claro que tal vez no vuelva a ver a la Ana que he sido hasta este momento.

—Pero la has disfrutado, ¿no es cierto? Qué más da el motivo. Además, te recuerdo que fuera de tu juicio estuviste únicamente el viernes y justo ese día no tomaste ninguna decisión, ni siquiera la de dejarte llevar. El resto del fin de semana has sido plenamente consciente de todo lo que ha sucedido y tú misma decidiste quedarte conmigo. ¿Cómo estás tan segura de que no volverás a tomar una decisión similar? ¿Crees que vas a poder vivir sin las emociones que has experimentado este fin de semana? Te aseguro que no vas a poder pasar más de una semana sin sentir las vibraciones que han traspasado todo tu cuerpo —hace una pequeña pausa y se acerca hasta mi oído para susurrarme sus siguientes palabras—. Yo no pienso renunciar a ellas y haré lo que sea necesario para que la Ana que has sido conmigo y que tú dices que no existe, se quede definitivamente y elija hacerlo conmigo.

Mis rodillas flaquean y me siento desvanecer. El vello de mi piel se eriza tan solo con el aire que sale de su boca mientras me susurra y un escalofrío recorre mi cuerpo dejándome sin fuerzas y sin aliento. Él, lo advierte y vuelve a sujetarme por la cintura asegurando mi débil estabilidad. Vuelve a girar su mirada nuevamente y la posa sobre mí. Observa mis ojos y espera alguna respuesta pero soy incapaz de pronunciar palabra. Quisiera decirle cuánto he disfrutado este fin de semana y que me ha hecho vivir experiencias desconocidas para mí y otras ya olvidadas. Me gustaría explicarle cómo ha conseguido sanar el vacío que tenía en mi alma, llenándolo de cariño y esperanza. Le diría, si pudiera, que he vivido el mejor fin de semana de mi vida y que ha hecho que descubra zonas de mi cuerpo que estaban dormidas, he llevado al límite mis sentidos y he gozado de los mayores placeres que pueden otorgarte y por último, me encantaría hacerle una declaración tan impactante como la suya y transmitirle mi deseo por ser esa Ana que he sido hasta ahora y seguir disfrutando de su locura e impulsividad junto a él. Pero únicamente puedo expresarme con mi cuerpo y mi mirada. Me he quedado sin habla.

La esperanza ha renacido en mi interior y una pequeña ilusión me hace sentir que tal vez sea posible mantener la actitud de esta nueva Ana. Sonrío en mi interior y mi alma responde sacudiendo mis emociones. Sé que es posible y por primera vez en mi vida, me siento con la energía y el deseo de dejarme llevar por el ritmo de la vida y aprovechar las oportunidades que me brinda. No va a ser fácil pero si él me ayuda, y ya ha dicho que está dispuesto a lo que sea, puedo aprender a fluir y empezar a disfrutar de verdad de esta nueva y maravillosa vida que se avecina.

Respondo con mi cuerpo. Elimino el espacio que nos separa y una vez más nuestros labios se unen. Como si no hubiese un mañana y con la intención de decirle todo lo que siento, vuelco mis emociones en el beso, llenándolo de la misma pasión y esperanza con la que sus palabras, han inundado mi alma.

FIN.

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¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?

Una aventura de mucha tinta. Capítulo 7

¡Buenas tardes! ¿Qué tal habéis pasado el fin de semana?

Nuestra protagonista en “Una aventura de mucha tinta”, tiene mucho que contar… Para ella el fin de semana está siendo inigualable…

¿Queréis saber por qué?  ¡Os dejo con la siguiente entrega!

¿Te has perdido algún capítulo? No te preocupes, puedes leerlos pinchando en el enlace correspondiente Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 3 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 4 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 5 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 6

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Capítulo 7

Tumbados sobre la cama, vamos recuperando poco a poco nuestro ritmo de respiración normal mientras descansamos del apasionante encuentro. Ambos miramos hacia el techo de la habitación sin intercambiar ninguna palabra. Permanecemos tumbados, desnudos y en silencio, tras haber tenido un glorioso momento de placer, disfrutando aún de las sensaciones que recorren nuestra piel.

Mi mente comienza a rumiar de nuevo y me planteo qué estará pensando él, en este instante. Yo, no puedo dejar de pensar en la locura que acabo de cometer y en lo poco habitual que resulta en mi comportamiento, mi reciente actitud. Es cierto que jamás me había sentido tan cómoda y que han nacido en mi interior unos sentimientos inesperados que han enloquecido todo mi ser, pero mi mente controladora  intenta recordarme una vez más que ser impulsiva y dejarse llevar por el momento no es mi costumbre, no pertenece a mi forma de ser y como tal, intenta persuadirme instándome sentimientos de culpa y vergüenza que me impulsen a marcharme lo antes posible. Pero, a pesar de conseguir que dude y me replantee la situación, resisto como puedo e intento oír únicamente la voz de mi alma concentrándome en las vibraciones que derrama por todo mi cuerpo, haciéndolo sentir especial, único y dichoso.

Me pregunto si él estará disfrutando aún de todas las sensaciones o si su mente estará convenciéndolo para que se aparte de mí lo antes posible. Seguramente, para él, estar con una persona como yo también sea algo inusual y prefiera volver a su vida sin mujeres enloquecidas, deprimidas y trajeadas como yo. Posiblemente, aquellas que estaban en el bar y que parecían tan alocadas y divertidas sean mucho más equilibradas que una abogada trastornada y  hundida como yo.

—¿Cómo te encuentras? —interrumpe mi ensoñación, girando levemente la cabeza para mirarme.

—Bien —sonrío y me limito a responder con un clásico “bien”. Podría decirle que me siento como nunca, que estoy de maravilla y que si soy sincera conmigo misma lo único que quiero es repetir el encuentro de hace un momento una y otra vez, pero me reprimo y opto por lo clásico y aburrido.

—¿Qué quieres hacer? —Lo miro con el ceño arrugado, preguntándome a qué se refiere exactamente—. Tendría que llevarte hasta tu coche tal como dije que haría y dejar que te vayas y continúes con tu vida… O tal vez, podrías quedarte… —Se gira completamente hacia mí colocándose de lado y me mira, seductor, con una media sonrisa pícara.

—¿Quedarme?

—Sí. ¿Por qué no te quedas el resto del fin de semana? Es sábado a mediodía y si no tienes nada mejor que hacer, podrías quedarte aquí y compartir conmigo el tiempo que queda hasta el domingo por la tarde. Entonces, te llevaré hasta tu coche para que puedas volver a tu vida y vayas a trabajar o lo que tengas que hacer.

Lo observo detenidamente. No parece estar bromeado y su expresión me dice que desea extender la pasión vivida hace un momento, todo lo que pueda en el tiempo. No se trata de una invitación laboral. No vamos a estudiar informes ni sentencias como he hecho mil veces con mis compañeros de gabinete, quedándome hasta altas horas de la madrugada en la oficina o pasando el fin de semana con alguno de ellos en mi casa o en la suya, mientras mi entonces marido se acostaba con su amante. Su oferta se inclina más bien hacia el deseo y la lujuria.

Desvío mi mirada, fingiendo que estoy meditando mi respuesta y deslizo mis ojos hasta su cuerpo. Contemplo la silueta de sus piernas marcadas por la sábana que le cubre desde sus pies hasta su cadera,  recorro su pecho descubierto admirando cada músculo e imagino cómo mi cuerpo se funde con el suyo y nuestras piernas se enredan,  mientras sus fuertes brazos me abrazan y acarician mi piel hasta hacerla enloquecer. Me muerdo el labio en un acto reflejo y trago saliva con dificultad. Mi corazón comienza a acelerarse y puedo sentir cómo mis mejillas se tornan de un color rojizo. El sonido de mi propio latido atenúa la voz de mis pensamientos y por segunda vez, desde esta misma mañana al despertar, decido ignorar a mi mente y dejarme guiar por mis emociones.

—Quedarme aquí es lo mejor que tengo que hacer.

Amplía su sonrisa y sujetando mi barbilla para alzar mi cabeza, vuelve a posar sus labios sobre los míos y me besa suavemente. Esta vez, mantiene su lengua en el interior de su boca y utiliza únicamente sus labios para saborear los míos, con suma delicadeza y destreza, como si realmente extrajese algún sabor escondido entre las sutiles ranuras de mis finos y agrietados labios. Comienza a descender por mi cuello, y yo echo hacia atrás la cabeza ofreciéndoselo gustosa, y así volvemos a adentrarnos en un momento nuevo de entrega y placer.

Cada beso tiene un sabor distinto y cada caricia hace vibrar mi piel como si fuese la primera vez. Sus manos, seguras, viajan por todo mi cuerpo encontrando zonas erógenas jamás descubiertas, mientras mis dedos trémulos se adentran bajo la sábana que cubre su sexo palpitante y erguido.   Asumo cierta iniciativa y me permito participar siendo yo también quién guíe el ritmo de este nuevo encuentro. Aunque es él quien lleva el verdadero control, advierte a través de mis movimientos lo que necesito y ansío en cada instante adaptándose a la perfección a cada una de mis necesidades. A pesar de haber experimentado hace tan solo unos minutos un goce inigualable, su maestría y dedicación hace que vuelva a vivir otro momento de placer intenso y único.

Pasamos así el resto del día. Todo lo que hacemos eriza el vello de mi piel, haciendo que una descarga eléctrica viaje por mis redes nerviosas estimulando cada una de mis zonas erógenas. Todo se torna lascivo y sensual, excitante…

Comer nunca fue tan apasionante. Preparar juntos la comida, manipular los alimentos mientras nuestras manos se rozan, probar el sabor de la salsa en los labios del otro, degustar el vino a través de los besos húmedos y cálidos, manchar nuestra piel y con la lengua limpiar cada gota derramada. El sabor de la comida jamás fue tan exquisito. Mezclado con el sabor de su piel, los aromas unidos a su peculiar olor, traspasan mis sentidos transportándome a un mundo de ensueño.

Ambos, de pie en la estrecha cocina, rozándonos constantemente al pasar junto al otro…

Puedo sentir su sexo firme, contenido en su ropa interior, presionando contra mi cuerpo cada vez que se coloca tras de mí. Aprovecha el momento para posar sus manos en mis piernas e ir ascendiendo lentamente dejando la huella de sus dedos, hasta alcanzar mis caderas y sujetarlas llevándolas hasta él. Dejo escapar un amplio suspiro por mi garganta y el néctar de mi deseo comienza a deslizarse por mi muslo derecho, impregnando de humedad mi palpitante sexo.  La camisa que él me ha prestado para poder cubrirme, alcanza tan sólo hasta mis glúteos. Sin ropa interior que contenga el deseo. Tan sencillo resulta alzar ligeramente la fina tela para tener acceso a mi centro del placer, que el simple pensamiento hace que mi cuerpo vibre. Una de sus manos se desplaza hasta mi hendidura e introduce un dedo con facilidad, lo hace girar dentro de mí y presiona justo donde tiene que hacerlo. Mi sexo responde abriéndose más e introduce un segundo dedo, colmado por completo mi hendidura. Los mueve hacia dentro y hacia fuera, los gira en mi interior y ejerce presión, haciéndome temblar con cada movimiento. Me sujeto a la encimera con toda mi fuerza para aguantar cada empuje mientras él sostiene mi cadera con su mano libre.

De repente, me gira y extrae sus dedos de mi interior, me impulsa con sus fuertes brazos y me sienta sobre la encimera. Levanta la camisa que me cubre ligeramente y separa mis piernas colocando sus manos en mis muslos. Hace una ligera presión para impedir que las cierre y con su lengua recoge todo el elixir derramado por mis piernas, mientras asciende lentamente y llega hasta el centro de mi deseo.  El éxtasis que recorre todo mi cuerpo e inunda mi ser es tan desorbitante que el cúmulo de emociones rompe en lágrimas saladas de felicidad, contenidas algunas y otras derramadas en su espalda.

Pasan las horas y no importa las veces que hayamos suspirado de gozo. Nuestros cuerpos siguen unidos, atraídos por una especie de fuerza irrefrenable que nos impulsa a los brazos del otro.

El día fluye entre risas, besos, caricias, sexo, palabras sin sentido y el humo de los cigarrillos. Mis pensamientos se han ido diluyendo con cada beso y mis emociones permanecen en el máximo de sus expresiones. Mi alma, parece sanada. Aquel hueco vacío que sentía, parece haber sido cubierto por una mágica pócima compuesta por comprensión y cariño.

Cada vez que descansamos después de haber disfrutado de nuestros cuerpos unidos, lo observo con disimulo mientras él recupera el aliento o lía uno de sus cigarrillos. Admiro su silueta esbelta y fuerte, en la que me he enredado y contemplo sus brazos completamente tatuados por esos indescifrables dibujos que siguen el camino de sus marcados músculos, y recuerdo cómo éstos me han abrazado y han sostenido mi cuerpo mientras se sacudía en espasmos de placer. Advierto la destreza de sus dedos, que hábiles y seguros han sabido encontrar mis puntos de placer.  Reparo en su atractivo rostro y su sonrisa pícara y seductora, envuelta por el grueso vello de su barba. Pienso cómo ésta se ha deslizado por todo mi cuerpo sin dejar ni un solo rasguño o raspado a su paso, sin ser pungente ni molesta, ha acariciado con sus cientos de puntas cada tramo de mi piel consiguiendo erizar de deseo, mis vellos. Recuerdo el sabor de sus labios y la suavidad con la que me han saboreado, la calidez de su lengua y su dulce sabor a mermelada en el primer beso… Pero si me detengo a pensar en sus ojos y en la mirada que forman, mi alma enmudece al hallar esa claridad y transparencia que desde el primer instante ha cautivado mis sentidos.

Sé que él no se asemeja ni por un segundo al hombre que tanto me ha herido y que durante el tiempo compartido me ha tratado con un cariño y respeto que ya daba por olvidado, pero no sé a dónde nos llevará esto y si es tan maravilloso y mágico por ser una aventura pasajera…

Me pregunto si esto es lo que siente mi exmarido cuando se encuentra con su amante y si él también vive con ella las emociones que yo he experimentado hoy, y por un momento lo comprendo. Puedo entender  la atracción que se siente y las sensaciones que te atrapan, llevándote a revivir momentos de placer olvidados y enterrados en lo más profundo de tu alma. Incluso puedo perdonarlo y aceptar que lo nuestro está acabado. Entiendo que quiera continuar su aventura y seguir sintiendo ese éxtasis emocional porque yo sólo puedo pensar en que este fin de semana no termine jamás y por muy cansada que esté y aunque tenga que luchar contra mis párpados no quiero dormirme, porque tengo miedo de despertar y descubrir que todo lo que estoy viviendo es tan sólo un sueño.

Continuará…

© Todos los derechos reservados.

¿Os ha gustado? ¿Cómo os gustaría que continuara?

¡No os perdáis el próximo capítulo!

Una aventura de mucha tinta. Capítulo 6

¡Buenas tardes! ¿Cómo lleváis la semana?

Siento mucho el retraso en la publicación del siguiente capítulo de la novela “Una aventura de mucha tinta”, pero algunos asuntos personales me han tenido bastante ocupada.

Como no quería que tuvierais que esperar mucho más, esta misma mañana he terminado algunos retoques que faltaban y ya tenéis disponible la nueva entrega.

Os dejo el enlace directo de los capítulos anteriores por si os habéis perdido alguno Novela corta: Una aventura de mucha “tinta”. Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 3 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 4 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 5

Os dejo ya con este emocionante y vibrante capítulo… Aviso: puede subiros la temperatura… ¿Estáis listos?

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Capítulo 6

Se marcha, dejándome con su dulce sabor en los labios. Paso mi lengua por ellos, y aún puedo apreciar un ligero sabor a la mermelada que ha tomado esta mañana. Apoyo mi espalda sobre el respaldo del sofá, respiro profundamente y cierro los ojos en un intento por recuperar la serenidad. Pero en lugar de ello, revivo una y otra vez el beso que acabamos de compartir, mientras pienso cómo he acariciado sus brazos descaradamente con la absurda excusa de admirar sus tatuajes. No he podido evitar tocarlo. Me llamaba tanto la atención y sentía un impulso tan fuerte hacia él, que contenerme no ha sido posible.

Siento un poco de vergüenza al pensar en mi comportamiento y me pregunto quién es la mujer que parece haber reemplazado a la Ana de siempre. Esa, tan correcta, tímida y formal que jamás se deja llevar y controla al mínimo detalle todo lo que sucede a su alrededor y que ahora parece haber sido sustituida por otra mujer mucho más impulsiva y descontrolada, que no piensa en las consecuencias de sus actos ni controla cada uno de sus movimientos, antes incluso de darlos. No sé qué es lo que me ha pasado esta noche y por qué me estoy comportando así, pero intuyo que tal vez muy pronto me arrepienta. Probablemente, mucho antes de lo que puedo esperar… ¿Se puede saber qué estoy haciendo?, ¿Qué hago en casa de un desconocido, sentada en su sofá y esperando a que regrese? Y no sólo esperándole… Estoy ansiosa por retomar ese beso inacabado y explorar con mi lengua el sabor del resto de su piel. Quiero envolverme en sus fuertes brazos y sentirme protegida, ofrecer mi cuerpo y mi alma a su ser mientras me siento libre y complacida. Sin remordimientos. Sin excusas ni explicaciones. Porque sí.

Tan solo mi pensamiento, exacerba mis sentidos y eriza el vello que cubre mi piel, consiguiendo que mi excitación aumente rápidamente y recorra cada milímetro de mi cuerpo. Mi imaginación comienza a elaborar suculentas escenas de pasión, en las que él resulta ser un amante entregado y yo suspiro de gozo bajo sus manos, su lengua y sus labios… Los dedos de mis pies se contraen automáticamente y mi garganta se torna estrecha y seca como respuesta a dichas imágenes, al mismo tiempo que mi centro del deseo se humedece progresivamente  y comienza a abrirse ávido de placer.

Decido levantarme y pasear, distraer mi mente de cualquier pensamiento que provoque en mí estas sensaciones escalofriantes, inigualables e irresistibles… Voy a la cocina y bebo un poco de agua con la intención de aclararme la garganta y refrescar el reciente calor que ha crecido en mi interior.

Me desplazo lentamente por el pequeño apartamento mientras voy observando cómo es su distribución y su decoración. Me sorprende comprobar lo ordenado y limpio que está todo, sin ninguna prenda sobre el sofá ni zapatos a la vista, no hay surcos de vasos en la mesa, ni manchas en el suelo… Todo parece impecable, pero sin lucir como recién  lavado. Recuerdo la suavidad de las sábanas que me cubrían esta mañana y la sensación que me produjo tocarlas e inspirar el perfume que desprendían. Camino hacia la habitación y me siento sobre la cama, ya vestida y cubierta por una fina colcha. Me pregunto en qué momento se habrá parado a hacerlo y entonces recuerdo cuando se marchó a ducharse y yo me quedé en el salón esperándole. Estaba tan seductor a su regreso…

Todo ello me hace pensar que tal vez, continuemos experimentando con nuestros cuerpos cuando regrese y yo aún visto la misma ropa de anoche, con un ligero aroma a whisky, perfume y sudor. Entro en el aseo y me sitúo frente al espejo, pensando cómo mejorar mi aspecto sin contar con ropa para cambiarme… Salgo de nuevo a la habitación y asomo la cabeza por la ventana. Miro hacia todas partes, intentando localizar algo que pueda ayudarme en mi tarea o que haga surgir una buena idea en mi menta confusa, pero no encuentro nada. Finalmente, decido darme una ducha y, al menos, eliminar de mi piel el olor a culpa y reproche. Ya resolveré luego el tema de la ropa.

Abro el grifo y dejo que corra el agua hasta tomar la temperatura correcta mientras voy deshaciéndome de toda mi ropa. La doblo y la coloco sobre el mueble que rodea al lavabo para que no se arrugue demasiado. Pongo un poco de pasta de dientes sobre mi dedo índice y lo paso por mis dientes para eliminar los posibles restos de comida y el amargo olor a whisky que aún perdura en mi aliento. Cuando el agua comienza a salir humeante, introduzco un pie en la ducha, seguido por el otro. Deslizo el agua por todo mi cuerpo, dejando que con su fuerza y su calor arrastre todas las malas vibraciones que se amontonan bajo mi piel. Una vez que he recorrido cada tramo de mi angustiado cuerpo, coloco la ducha sobre la pared y doy un paso al frente, situándome debajo para recibir el baño de agua sobre mi rostro cansado. Las gotas se deslizan por mi cabeza, relajando la presión y aclarando mis pensamientos. Mi pelo comienza a mojarse y las ondas desaparecen bajo la humedad y el vapor, devolviéndole su aspecto natural. El baño me relaja tanto que cierro los ojos para sumergirme completamente en el poder calmante del agua, curativa y a veces, casi milagrosa. Permito que caiga sobre mí toda su fuerza  y se lleve con ella toda la desazón que me ha acompañado hasta este momento y que extrañamente me ha traído hasta aquí.

Dejo que pasen los minutos sin preocuparme por nada que no sea relajarme y abstraerme del mundo que me rodea, por un momento. Permito que el agua me empape y el vapor me rodee, aislándome de cualquier luz u objeto que pueda distraerme. Mi piel va calmándose y a través de los poros abiertos por el calor emerge todo el sufrimiento contenido, marchándose hacia el desagüe, arrastrado por la corriente de agua.

Cuando considero que he limpiado los restos tan molestos que tenía adheridos a mi ser, cierro el grifo y con una sonrisa placentera, salgo de la ducha. Lío alrededor de mi cuerpo la primera toalla que veo sobre la estantería del baño, oculta entre el espeso vapor. Intento admirar mi nuevo reflejo en el espejo, pero todo está tan cubierto que apenas puedo ver más allá de mi cuerpo. Abro la puerta esperando que el oxígeno que entre disipe la nube de vapor que me impide ver, no sólo en el interior del baño sino también al otro lado.

Salgo a la habitación y me encuentro de golpe con su pecho desnudo. Apoyo mis manos sobre él para no caerme del impacto y él responde sujetándome de la cintura. Puedo sentir el calor de sus manos a través de la suave toalla, provocando que las gotas que aún caen de mi cuerpo se evaporen por el calor que emana de sus dedos. Nos miramos en silencio. Separa los labios con la intención de dejar salir alguna palabra pero deja escapar un suspiro en su lugar. El calor se desplaza por todo mi cuerpo, devolviéndole las mismas sensaciones que hace un momento sentía mientras soñaba.

Acerca mi cintura a la suya y elimina completamente el espacio que nos separa, desliza una mano hacia mi nuca y posa de nuevo sus labios sobre los míos. Tan suaves y sabrosos como los recordaba, tan cálidos como los imaginaba… Su lengua vuelve a encontrarse con la mía, despacio se unen en un rítmico movimiento, explorando ambas lo que antes dejaron inacabado. Se saborean y juegan, aumentando el ritmo, influenciadas por la pasión.

Nos envolvemos en un abrazo mientras extendemos el beso. Dejo caer mis manos por su espalda y la acaricio descendiendo lentamente pero presionando contra ella. Me detengo al llegar a la cinturilla de su pantalón y reposo mis dedos sobre ella. Él se deja caer sobre la cama que está a su espalda, sentándose sobre ella y arrastrándome a mí con él. Me sienta en sus rodillas con mis piernas abiertas frente a él y con sus manos eleva ligeramente la toalla que me cubre, acariciando mis muslos son sus manos. El contacto de su mano sobre mi piel, ya caliente y humeante, aumenta el calor de mi interior expandiéndose por todas las células de mi cuerpo. Con cada uno de sus movimientos, siento a través de sus dedos, una descarga eléctrica que atraviesa mi ser desde lo más profundo de mi alma, alcanzando directamente mi centro del placer sin la necesidad de tocarlo. Mi excitación es tal, que creo llegar al éxtasis mucho antes de comenzar siquiera.

Sus manos continúan subiendo por mis caderas, hacia mi cintura y luego hasta  mi ombligo y mi pecho. Roza con sus pulgares el lateral de mis senos y con el mismo movimiento abre la toalla que aún me tapa y deja que resbale por mi contorno hasta caer al suelo. Se muerde el labio inferior y se detiene a observar mi cuerpo completamente desnudo, mientras yo contengo el ansia que crece en mí por sentirlo en mi interior.

Besa cada tramo de mi pecho, mis senos y desciende hasta mi ombligo. Baja y sube varias veces dejando un reguero de besos y la humedad de su saliva en mi piel. Se detiene justo al llegar a mi monte de venus y me impulsa para que pueda levantarme. Él, se levanta conmigo y mientras me besa, desabrocha cada botón de su pantalón y deja que éste caiga por sus piernas, seguido de su ropa interior. Mi respiración se agita y mi corazón palpita tan fuerte que puedo oír su sonido. El centro de mi deseo está totalmente abierto para él, ansioso, caliente y muy húmedo. Puedo sentir  cómo palpita de deseo.

Sus manos vuelven a mi cadera y en un rápido movimiento introduce su sexo erguido en mi interior. El contacto es perfecto. Guía el ritmo de cada envite, llevándome más y más cerca del éxtasis en cada  acometida. Me dejo llevar completamente por sus impulsos, apretando mis manos contra su espalda, haciendo fuerza para alargar este momento tan maravilloso y placentero y contener por un instante más el dulce sabor del placer y el deseo.  No quiero que se acabe, quiero seguir sintiendo lo que en este momento se ha apoderado de mi cuerpo e inunda mi alma de emociones ya olvidadas.

Me sujeto a él tanto como puedo para soportar cada empuje y tomo plena consciencia del momento que estoy viviendo. Quiero que quede grabado en mis recuerdos, en mi piel, en mi alma, en lo más profundo de mi ser…

Los dedos de mis pies se contraen y sé que ya no podré reprimirlo más. Dejo escapar por mi garganta un quejido que le avisa y libero el goce por todos los poros de mi piel.  Permito que se extienda  por todo mi ser, mientras mi cuerpo se sacude en espasmos. Puedo sentir la palpitación de su sexo en mi interior y cómo se derrama en mí todo su elixir. Ambos caemos rendidos sobre el cuerpo del otro y abrazados permitimos que se calmen nuestros espasmos. Cierro los ojos y sé que no necesito hacer un esfuerzo por memorizar este momento. Mi alma responde y descubro en ella que el vacío se ha cerrado por completo.

Continuará…

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¡No os perdáis el próximo capítulo!

Una aventura de mucha tinta. Capítulo 5

¡Buenos días! ¡Feliz comienzo de semana!

Parece que el sol vuelve a brindarnos su luz y calor. Qué ganas de disfrutarlo, ¿verdad?

Hoy, os traigo otro capítulo de la novela “Una aventura de mucha tinta”. ¿Estáis listos para viajar con Ana y Leo?

Si te has perdido alguno de los capítulos anteriores puedes acceder a ellos pinchando sobre el enlace correspondiente Novela corta: Una aventura de mucha “tinta”. Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 3 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 4.

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Capítulo 5

Camino despacio hasta llegar a él. Le ofrezco una sonrisa tímida y me muevo coqueta sin apartar mis ojos de los suyos. Él me mantiene la mirada mientras observa cómo me acerco.

En este momento me siento como una niña avergonzada, arrepentida tras haber cometido una travesura. Sé que no voy a recibir ninguna regañina ni castigo pero aun así tengo la necesidad de pedir disculpas. No importa si ambos somos adultos y responsables de nuestros actos. Me comporté como una cría desquiciada y he causado molestias a alguien que no tenía que verse implicado.

Hace un gesto para que me siente a la mesa y sin dudarlo ni un instante acepto su invitación. Examino la mesa y aprecio todo lo que ha preparado para el desayuno. Sobre un pequeño salvamantel ha colocado una cafetera metálica tradicional, todavía humeante, que desprende un aroma fabuloso a café recién hecho. En una jarra ha servido leche hirviendo que ha calentado en un cazo mediano. Sobre una bandeja, hay como una docena de rebanadas de pan de molde tostadas y en torno a ellas, hay mantequilla, mermelada, aceite de oliva y un plato pequeño con algunas lonchas de jamón cocido. Me pregunto si cada mañana preparará lo mismo para tomar el desayuno él mismo. Inmediatamente, mi mente viaja hacia la última vez  que mi entonces marido y yo desayunamos juntos. Tengo que ir muchos meses atrás para llegar a un recuerdo similar y aun así, era yo quién preparaba con amor los alimentos y a quién le parecía siempre poco ofrecimiento. Si lo pienso bien, creo que nunca tuvo un detalle así conmigo. Ello hace que este momento me parezca más especial de lo que posiblemente es, aunque también me invade la nostalgia.

—Se van a enfriar las tostadas. Vamos, come. Debes reponer fuerzas —interrumpe mi ensoñación invitándome a que me sirva,  ya que desde que me he sentado no he pronunciado palabra ni me he movido del sitio.

—Siento muchísimo todo lo que ha pasado, de verdad. Qué vergüenza… No suelo comportarme así. Soy mucho más seria y responsable de lo que seguramente aparenté anoche —me disculpo mientras él toma la iniciativa y coloca varias tostadas sobre mi plato. Acerca la cafetera a mi taza, preguntándome con el gesto de alzarla si voy a tomarlo. Afirmo con la cabeza mientras continúo con mi discurso. No me  detengo hasta que él me interrumpe.

—No tienes que disculparte ni sentir vergüenza por nada. Todos hemos tenido alguna que otra noche como la de ayer y no pasa nada. A veces es necesario para poder avanzar.

—Ya, pero te he molestado a ti. Fíjate, hasta me has traído a tu casa. Por cierto, muchas gracias por todo y por tratarme… tal como lo has hecho… Yo…

—No ha sido ninguna molestia. Es agradable tener compañía. Vamos, come.

Se sienta a mi lado y comienza a prepararse otra tostada. Animada por él, hago lo mismo. Unto aceite de oliva sobre una de las tostadas y la cubro con jamón cocido. Doy un primer sorbo al café y el efecto de curación que me produce, me incita a seguir comiendo. Con cada bocado y cada sorbo me voy sintiendo cada vez más despejada y recuperada.

Entre una tostada y otra, no puedo evitar deslizar mi mirada hacia mi derecha y observar cómo saborea y disfruta cada alimento. Mastica muy despacio y antes de inclinar la taza para beber huele el aroma que desprende. Lo hace cada vez que la levanta de la mesa, aspirando su olor con la misma intensidad que la primera vez. Sonrío ante su delicadeza e intento tomar mi desayuno con la misma calma.

—¿Te encuentras mejor? Espero que al menos hayas dormido bien.

—He dormido estupendamente. Me he levantado algo… resacosa… pero bastante más relajada.

—Me alegro. Verás como después del desayuno, estás como nueva —acerca su mano izquierda a mi mano derecha, que descansa sobre la mesa, y la acaricia con una suave presión en un intento de transmitirme consuelo o quizás, ánimo. Su gesto es mucho más potente que la sanadora cafeína. Consigue llegar hasta mi corazón herido a través del roce de nuestras manos, cubriendo con ternura lo que otro ha rasgado con  dureza.

—¿Por qué me ayudas? —pregunto ensimismada por su cariño y comprensión.

—¿Y por qué no iba hacerlo? —encoje los hombros y sonríe, restando importancia al acto, como si auxiliar a desconocidos fuese algo habitual en su vida.

—Contestar con una pregunta, no es dar una respuesta pero ya que estoy sana y a salvo gracias a ti, la tomaré como válida —río para que aprecie mi tono, ligeramente cómico.

—Vaya, pues gracias, supongo, por tan considerado detalle —suelta una carcajada—. Imagino que no es común en los abogados dar el beneplácito, ¿no?

—¿Cómo sabes que soy abogada? —Arrugo el entrecejo, intentando recordar si ayer hubo algún momento en el que le dijese mi profesión—. No es necesario que me contestes, imagino que te lo dije yo misma. De todas formas, creo que es demasiado evidente…

—Bueno, no te preocupes, ser abogada no es nada malo —ambos sonreímos.

Comienza a recoger los platos, ya vacíos, de la mesa y me levanto enseguida para prestarle mi ayuda. Voy acercándole los enseres, mientras él los va lavando. Nuestras manos se rozan suavemente bajo la espuma que cubre sus manos, llenando ligeramente mis dedos, única señal de que nos hemos tocado. Observo cómo la espuma va resbalando entre mis dedos y sin pretenderlo viene a mí, el estremecimiento que causa un baño caliente de sales y espuma aromatizada. Intento pensar en qué momento he tenido esa experiencia y si estaba acompañada por el causante de mi dolor, pero  creo que tan solo es la ilusión de un recuerdo. El simple deseo de vivir un momento como ese, ha llevado a mi cuerpo a percibir las emociones.

Imagino cómo sería compartir un baño así con el hombre que tengo a mi lado, tan rudo de apariencia y tan tierno al mismo tiempo.  Casi puedo oler la maravillosa mezcla del perfume de su piel con los aromas frescos y afrutados de las sales y sin poder evitarlo, mi piel se estremece de nuevo. Reacciono inmediatamente guiada por la fantasía imaginada. El flujo de sensaciones que están invadiendo mi ser, hace que me pregunte quién es él y qué ocurrió anoche. El silencio que mantenemos me permite viajar en el tiempo mentalmente e intentar traer al presente algún dato sobre él o nuestro encuentro que explique las emociones que estoy sintiendo.

Hago un rápido repaso sobre los acontecimientos que  sucedieron la noche anterior. Puedo revivir con total exactitud el momento de la firma y el impacto que produjo en mí, cómo me hice pedazos mientras conducía hacia ninguna parte y me lamentaba por no haber previsto lo ocurrido. Sé que me sentía tan perdida que acabé perdiéndome literalmente y tuve que detenerme en el primer lugar con luz que encontré en mi camino. Recuerdo que no era el típico restaurante ni el pijo local de copas al que suelo ir, pero en ese momento me conformaba con que tuviese un aseo al que poder acudir. No fui del todo bienvenida y sentí cierta tensión al cruzar la puerta, aunque finalmente conseguí hacerme con mi pequeño hueco y desahogué todas mis penas y mis lágrimas acompañada de whisky y de este hombre tan sugerente y diferente.

Desde el primer momento me llamó la atención, no tanto por su atractivo, pero sí por su evidente gusto por los tatuajes y por su larga barba formada por cabellos de distintos colores. Se acercó a consolarme y me ofreció su verdad y la claridad de su mirada. Recuerdo mirarme en sus ojos y sentirme disgustada con el reflejo que me devolvían. Lo que no puedo olvidar es la transparencia de su mirada, su ternura y cariño y por su supuesto, su olor. No sé si me dijo su nombre o si me contó algo acerca de él. Me da demasiada vergüenza preguntarle cómo se llama y admitir al mismo tiempo que no recuerdo nada. Aunque me parezca extraño en mí, tampoco me importa demasiado. Lo que siento cuando estoy cerca de él, me da la misma tranquilidad o incluso más, que la que se suele obtener de un montón de datos e información personal.

—Tengo que prepararme para trabajar. Me comprometí con un cliente habitual para acabarle el tatuaje y debe estar a punto de llegar. No sabes cuánto lo siento —interrumpe el silencio y se gira para hablarme mientras me mira directamente.

—Claro, por supuesto. Yo me marcho enseguida —me invade un sentimiento de tristeza y pienso cómo he sido tan tonta quedándome a desayunar. Debí salir corriendo en cuanto me desperté, por muy cómoda que me sintiese aquí. No se trataba de un desayuno romántico, era más bien un gesto de buena educación. Qué tonta…

—No, no. Tengo que llevarte yo hasta tu coche. Por si no lo recuerdas, vinimos en el mío ya que tú no estabas en las mejores condiciones para conducir. Lo dejamos donde tú misma lo aparcaste y dudo que puedas llegar hasta él caminando y menos con esos tacones. Te intentaba explicar que tendrás que esperar a que acabe. No sabía que hoy tendría visita. En ese caso, no hubiese quedado con él. Prefiero pasar la mañana contigo —hace una pausa y me observa por un instante, como si quisiera adivinar mis pensamientos—. Voy a ducharme. Ponte cómoda, ve la televisión o coge un libro y lee. Puedes hacer lo que quieras, estás en tu casa. Cuando vuelva, si te apetece podemos hablar de eso que te tenía tan triste anoche o de lo que te acaba de nublar la mirada ahora —coloca su mano en mi barbilla, alzándola, fija su vista en mis ojos tristes y esboza su tierna sonrisa. Imito su gesto, abstraída. Pasa por mi lado, dejándome junto a la encimera de la cocina, a la que me sujeto para recuperar el repentino desequilibrio de mis piernas.

Desaparece por un momento de mi vista y aprovecho para tomar aire y permitir que mi corazón retome su latido normal. Camino hacia el pequeño salón, que está unido a la cocina al estilo americano. Me siento sobre el sofá y descanso mi espalda en el respaldo. Creo recodar haber estado antes aquí tumbada y toco la tela que lo cubre con la intención de atraer alguna imagen a mi mente. Mientras me doy tiempo a mí misma, comienzo a preguntarme si pasaría algo entre nosotros. Creo estar segura al cien por cien de que no hubo sexo pero no lo estoy tanto respecto a la probabilidad de que intercambiáramos algún que otro beso… Cierro los ojos e intento rememorar alguna caricia o roce, algún sentimiento o sensación que me invadiera en ese momento… pero antes de poder sentir nada, oigo sus pasos tras mi espalda y una especie de déjà vu me devuelve al presente.

—Esperaré a que llegue. Estaré justo en el piso de abajo, por si necesitas algo, aunque no creo que tarde mucho. Ya solo queda dar algunos retoques, quizás una hora. Puedes darte una ducha mientras tanto, si te apetece.

—No te preocupes por mí. Esperaré aquí, sentada y tranquila —es mi forma de decirle que no quiero causar más molestias.

Se sienta a mi lado, con el cuerpo girado hacia mí. Entiendo que esperando el momento de marcharse. Hablo de lo primero que se me ocurre para evitar el incómodo silencio que acentúa la vibración procedente del latido acelerado de mi pulso, recordándome lo excitada que estoy.

—Así que eres tatuador… Marcas la piel de la gente para toda su vida, causando, quizás, un efecto irremediable que a pesar de ser muy positivo al principio, puede tornarse contra sí en cualquier momento…

Reflexiono sobre lo que acabo de decir y me doy cuenta de que no podía haber elegido una profesión más acorde consigo mismo. No lo conozco de nada pero si de algo estoy segura es de que debe dejar su marca en toda persona a la que se acerque. En mi caso, sé que quedará una huella imborrable grabada en mi alma.

—Tal como lo explicas, parezco yo el culpable de una decisión que han tomado ellos. Yo solo dibujo lo que me piden, si en un futuro se arrepienten no es culpa mía.

—Por supuesto… Me refería a que… —busco en mi mente una respuesta válida que excuse mi inapropiada definición pero al no encontrarla, decido cambiar el rumbo de la conversación—. No importa. Tienes razón. No me hagas mucho caso… Yo no tengo ni idea de tatuajes. Siempre me ha dado mucho miedo y creo que tiene que ser muy doloroso. ¿Para qué marcar la piel si vas a sufrir con ello y además, arriesgándote a que un día odies el mismo dibujo que antes adorabas?  No sé… Prefiero poder mirar todas las partes de mi cuerpo sin sentir rechazo por alguna de ellas.

—Creo que no tienes por qué sentir rechazo. Cuando eliges lo que quieres tatuarte lo haces por una razón y si en un futuro ya no te gusta o no se adecua a ti, es simplemente porque tú has cambiado. Puedes verlo como un avance en tu vida, un recuerdo de quién fuiste. Al fin y al cabo, elegiste eso por algún motivo de peso, tanto como para grabarlo en tu piel y que jamás se te olvidara… si más tarde te arrepientes, deberías reflexionar si realmente elegiste mal o si has olvidado demasiado pronto…

Trago saliva con dificultad mientras sus palabras fluyen a través de mi mente. Su explicación, tan diferente y profunda, llega a confundirme por un instante y ya no sé si estamos hablando de tatuajes o si se trata de alguna clase de metáfora.

Vuelve el silencio y aunque él no aparta sus ojos de mí, yo los desvío dejando que vaguen según mis pensamientos. Dejo la mirada perdida, intentando comprender lo que ha dicho. Él, me da tiempo y parece esperar pacientemente a que haga mi reflexión interior.

Mis ojos viajan hacia sus brazos instintivamente y comienzo a labrar un entresijo de preguntas sobre las marcas que los cubren. Mantengo el silencio y a través de mi cuerpo expreso la curiosidad latente que lo impulsa. Dejo fluir mis manos, permitiendo que se muevan hacia donde las dirige mi mente. Reduzco el espacio que nos separa para poder llegar hasta mi objetivo y deslizo suavemente mis manos por sus brazos. A medida que voy ascendiendo, giro cada brazo según el sentido de las líneas del dibujo. Sigo el movimiento de mis manos con los ojos y tras ellos, muevo la cabeza lentamente acercándome cada vez más a las singulares trazas que se desvían por las curvas de sus músculos, enredando más aún  el insondable dibujo. Al llegar a los hombros, tengo que levantar la manga de la camiseta que los cubre para poder seguir descubriendo la marca que él ha elegido sellar en su piel. Quizás me haya dejado llevar por la ilusión de descubrir el secreto que guarda bajo las intrincadas marcas.

No se queja ni interrumpe mi examen. Al contrario, facilita mi inspección y permite abiertamente que investigue todo lo que desee. Ambos guardamos silencio aunque puedo sentir su mirada clavada en mi cuello, siguiendo cada uno de mis movimientos.

Advierto al elevar la manga de la camiseta, que el tatuaje continúa en dirección a su espalda. Me detengo y levanto la mirada de su cuerpo. Alzo la cabeza y sin esperar estar tan cerca, me encuentro directamente con su atractivo rostro a escasos centímetros del mío. Su sonrisa pícara y su mirada brillante me dicen que tengo permiso para seguir indagando. Deslizo mis manos por todo su pecho, aprovechando para acariciar cada tramo de su piel aunque sea a través de la delgada tela. Sostengo el borde inferior con ambas manos y sin retirar la mirada, las alzo junto a la camiseta, dejando al descubierto un pecho musculado, terso y ligeramente bronceado que me hace desear volver a repasar cada milímetro de su torso.

Él me ayuda en la tarea y al llegar a la altura de la cabeza, la retira completamente con un rápido movimiento. Cuando ya nos hemos liberado del molesto tejido, conectamos de nuevo la mirada. Coloca una mano en mi nuca y me guía, despacio, hasta él. Acerca sus labios a los míos manteniendo la distancia mínima para no llegar a tocarlos. Baja la mirada hacia ellos y luego vuelve a mis ojos,  advirtiéndome de lo que está a punto de hacer. Inmóvil, dejo que haga lo que desea. Elimina completamente la separación de nuestros labios, posando los suyos sobre los míos. Los acojo gustosamente. Dulces, carnosos y extremadamente suaves. Su barba no me molesta en absoluto, provocándome en torno a mi boca una suave caricia que me cosquillea e intensifica el placer del beso. Mis fosas nasales se inundan de su olor, que viaja a través de ella hasta llegar al centro de mi pecho provocando la aceleración de mi ritmo cardiaco.

Abro la boca para permitir que entre su lengua en ella pero entonces su teléfono suena y el beso, que parecía evolucionar, se detiene. Sella mis labios con los suyos, me mira y sin decir palabra me promete continuar el apasionante beso a su regreso. La sequedad de mi garganta me impide hablar y lo único que puedo hacer es rogar que su promesa sea sincera.

Continuará…

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¡No os perdáis el próximo capítulo!

Una aventura de mucha tinta. Capítulo 4

¡Buenas tardes! ¿Qué tal el comienzo de la semana?

Por el sur, continúa lluviosa y parece que va a seguir así.

Os propongo continuar con la lectura de “Una aventura de mucha tinta” para entrar en calor y apaciguar un poco las bajadas de las temperaturas. ¿Os apetece?

¡Venga! Vayamos a por el siguiente capítulo.

Si te has perdido algunos de los anteriores, puedes acceder a ellos pinchando en el enlace correspondiente: Novela corta: Una aventura de mucha “tinta”. Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 3.

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Capítulo 4

Me introduce en un coche, supongo que suyo, y con suma delicadeza ajusta mi cuerpo al asiento, protegiéndolo con el cinturón de seguridad. Mientras lo hace, no me mira ni me habla pero yo no puedo evitar sonreír y continuar disfrutando del olor que llega a mi nariz al estar tan cerca de su origen. A pesar de estar casi inconsciente y hecha pedazos, puedo advertir la suavidad y ternura con la que me toca. Su tacto en mi piel es tan cálido y reconfortante que en cada roce, puedo sentir cierto alivio en el hueco vacío que se ha producido en el centro de mi pecho. Como si con cada contacto, ese hueco se llenase de una satisfacción hasta ahora desconocida, pero al mismo tiempo, gloriosa. No sé si es efecto del alcohol que he bebido o de la absoluta desesperación por ser querida. Posiblemente, sea por ambas cosas pero no puedo ignorar  lo que siento y la evidencia del consuelo que me está produciendo, no sólo su compañía o sus palabras, también su mirada y su piel… Incluso su olor, transportándome a un lugar de mis recuerdos en el que me sentía en paz y que tanto he anhelado últimamente. Ese olor a hogar, tan peculiar y que te inunda los sentidos de emociones…

Confío plenamente en él, por extraño que parezca, permitiendo que me lleve dónde desee. No pregunto en ningún momento y ni siquiera presto atención al entorno o el camino que seguimos. Apoyo mi pesada cabeza sobre el mullido reposacabezas del asiento y me relajo, intentado descansar la tensión acumulada en mi cuello. Durante el corto trayecto, cierro los ojos un par de veces, dejándome vencer por la necesidad de mi cuerpo. No pongo ninguna resistencia y permito que mis cansados párpados reposen un instante calmando su urgencia de abandono.

Al llegar a nuestro destino, me ayuda a salir del coche con la misma delicadeza que utilizó para introducirme en él. Usa su cuerpo como soporte para el mío, ajustándose a mis curvas y mi laxitud para que mi frágil cuerpo pueda sustentarse debidamente sobre sus fuertes músculos. Con su mano en mi espalda, me presiona ligeramente al final de la columna para impulsarme a caminar. Obedezco a la orden de su mano automáticamente, como si sus impulsos nerviosos estuvieran conectados de alguna manera a mi cerebro, llegando incluso a sentir un rápido y sutil cosquilleo que se desliza hacia arriba por toda mi columna vertebral.

Caminamos juntos, como si mi  cuerpo fuese una extensión del suyo, hasta llegar a lo que parece ser su apartamento. Una vez en el interior, me acerca hasta el sofá de la sala y me sienta sobre él asegurándose de que la parte superior de mi cuerpo no cae hacia adelante, haciéndome volcar sobre el suelo.

En otro momento cualquiera, mi comportamiento sería totalmente diferente. Ni siquiera hubiese ido a casa de un desconocido o de alguien a quien acabo de conocer y del que lo único que sé; es que le encantan los tatuajes, dar consejos y consolar a mujeres heridas sentimentalmente. Ninguno de dichos atributos son, precisamente, garantía de seguridad. Y en caso de tomar ese riesgo y adentrarme en una situación tan peligrosa, estaría totalmente en alerta, controlando y observando todo lo que ocurre a mi alrededor por si tuviese que salir huyendo… Pero en este momento, nada es como sería habitualmente. Yo, jamás me hubiese parado en un local como ese, ni habría contado mis problemas a un desconocido, y por supuesto, nunca me habría marchado con él y mucho menos a su casa, pero la verdad es que me da lo mismo. No me importa lo que pueda pasarme o cuáles sean sus intenciones… Mi intuición me dice que es una buena persona y que solo está ayudándome, o al menos, eso quiero creer. De todas formas, mi estado actual no me permite hacer otra cosa que confiar en la buena voluntad y el buen hacer de este joven barbudo tan atractivo y sugerente…

Me gustaría abrir los ojos y ver qué hace mientras mi mente murmulla en un intento de devolverme la conciencia y el sentido común pero el peso de mis párpados es tan fuerte que no puedo elevarlos. Mi espalda se ha deslizado lateralmente por el respaldo del sofá, hasta estar casi tumbada en el asiento. Puedo oír cómo se desplaza por la casa, manteniendo el silencio producido en el coche. El golpe de sus zapatos contra el suelo, suenan en mi cabeza como auténtica sinfonía para conciliar el sueño. A veces más cerca y otras apenas perceptible, se mueve despacio, con calma y cierta pausa, como una melodía apaciguadora. El resto, es solo silencio, silencio que intensifica dicha melodía y que me guía hacia ella, dirigiéndome hacia un sueño ansiado y reparador.

Cedo totalmente a la voluntad de mi cuerpo y me sumerjo con una sonrisa en un profundo sueño mientras siento sus manos sobre mi cuerpo. Ese pequeño roce, es suficiente para darme el calor que me faltaba, otorgándole a mi cuerpo maltrecho y frágil, el sosiego y la calma necesaria para rendirse por completo y a ciegas a la imperante necesidad de cuidado y protección. Y como si sus manos se tornasen mágicas,  ofrecen quietud a mi agitada mente y la hacen viajar hacia un mundo que sólo parece posible en sueños…

A la mañana siguiente me despierto sobre sábanas blancas. Abro los ojos muy despacio, aún con los párpados ligeramente cansados, y sin moverme del sitio donde me encuentro comienzo a observar mi alrededor. Guio mi mirada hacia abajo y deslizo mi mano por la sábana sobre la que estoy tumbada. Sin duda, he dormido sobre una cama vestida con sábanas blancas, suaves y limpias. Miro mis pies, cubiertos por las medias y asciendo por mis piernas hasta llegar a la falda de tubo, negra, que aún permanece sobre mi cuerpo. La camisa de seda que vestía anoche, también sigue cubriendo mi piel y por un instante suspiro aliviada por no haber amanecido desnuda.

Miro frente a mí y solo puedo ver la pared que divide la habitación de lo que parece ser el aseo. La puerta está entreabierta y puedo advertir por la pequeña ranura de luz que asoma, la cerámica de lo que podría ser un lavabo.

Mi vista no alcanza más espacio, así que me concentro en escuchar algún sonido que me ofrezca una señal o pista acerca de lo que está pasando en el resto del apartamento. No oigo nada por más que me empeño, ni siquiera el ruido procedente de la calle. Aunque puedo sentir el vacío tras mi espalda, me giro lentamente y compruebo que estoy sola en la cama. Vuelvo a suspirar aliviada.

Pongo los sentidos en mi ser e indago cómo me encuentro. Un dolor agudo y sordo inunda mi  cabeza, mi saliva está espesa y seca y mis ojos parecen agotados de tanto llanto. El vacío que tanto me dolía ayer, parece haber sido ligeramente velado. Ya no duele tanto y el abismo al que caía no resulta tan demoledor aunque permanece una extraña sensación que me recuerda al dolor de una herida cortante muy reciente y que aun está sanando.

Recuerdo entrar en aquel bar y conversar con un joven muy cercano y amable mientras yo bebía más de lo que debía. Sé que estoy en su casa e intuyo que entre nosotros no ha pasado nada, pues mi estado físico no parece estar muy indecente, apariencia propia tras una noche de alcohol y sexo salvaje. Pero, sí recuerdo sentirme escuchada y cuidada, con una sensación de paz que sosegaba mi desesperación y mi sufrimiento. No sé qué le conté, imagino que más de lo que le interesaba, ni tampoco qué me contó él a mí pero sé que al pensar en él esbozo una sonrisa de ternura que llena mi pecho de satisfacción y consuelo. Me pregunto si mi sensación es auténtica o propia de mi imaginación, un recuerdo inventado por la necesidad de ser querida mezclada con la enajenación producida por el alcohol.

Decido levantarme, dirigiéndome en primer lugar al baño. Mi reflejo en el espejo es bastante peor de lo que pensaba. El rímel se ha extendido alrededor de mis ojos, hinchados y rojos, y tengo parches de maquillaje por todo el rostro. El recogido que sujetaba de forma elegante mi pelo se ha deshecho del roce con la almohada y ya no sujeta prácticamente nada. La camisa de seda está completamente arrugada y tiene una mancha de maquillaje en una manga, posiblemente de haber dormido sobre el brazo.  Rápidamente intento adecentar mi estado. Abro el agua caliente y con abundante jabón me lavo la cara hasta que está completamente blanca. Me gustaría poder maquillarme de nuevo y tapar las marcas de la resaca pero ya que no es posible, lo mejor es mostrar la pureza posible. Después me echo un poco de agua fría para despejarme, abrir por completo los ojos y estirar la piel. Me enjuago la boca usando un poco de pasta de dientes y mi dedo como cepillo, eliminando los restos de saliva seca de las comisuras de mis labios.

Retiro las horquillas de mi pelo y con mis dedos deshago los nudos y me peino las ondulaciones ocasionadas por el recogido. Utilizo un poco de agua para moldearlo tal como deseo y decido dejarlo suelto para que así cubra ligeramente mi rostro y pueda esconderme tras él en caso de aparecer la temida vergüenza.

Intento alisar mi ropa pero eso es demasiado complicado usando solo mis manos, así que me conformo con haber mejorado considerablemente mi aspecto. Vuelvo a la habitación y me calzo los zapatos negros de tacón. El malestar regresa a mis pies fríos y adormecidos, que ya se creían libres del tormento ocasionado por la incómoda altitud y el asfixiante apriete.

Camino despacio, intentando no hacer demasiado ruido al chocar las puntas del tacón contra el suelo. No quiero enturbiar el silencio que reina en el ambiente. Tomo aire para prepararme a lo que esté a punto de suceder y salgo al otro lado de la habitación. Mi corazón se acelera y el miedo regresa, temiendo haber inventado mis recuerdos y encontrarme ante una imagen totalmente diferente a la que existe en mi mente.

En cuanto cruzo el umbral me invade un olor a café recién hecho y a pan tostado que alimenta mis sentidos. Me dirijo hacia el origen de tan fabuloso olor mientras inhalo tanto como puedo y disfruto de uno de los momentos más maravillosos de este mundo. Ese momento, en el que, ese olor tan sabroso se mezcla con el aroma propio de la piel que flota en el ambiente. Una nube invisible de sensaciones suspendida en el aire, colma el espacio en el que se mueve, inundando los sentidos de ese inigualable sentimiento que te recuerda que estás en casa.

Observo su espalda mientras cocina. Lleva una camiseta de manga corta de color blanco, no demasiado ajustada pero lo suficiente para marcar los músculos que se esconden bajo su tela. Aunque la mesa me impide ver más allá de su cintura, se adivina el borde superior de un pantalón vaquero de tono oscuro. Parece bastante despierto por la agilidad de sus movimientos. Permanece en silencio mientras sirve leche caliente en una taza y unta mermelada sobre una tostada. Con la mano derecha se lleva la rebanada de pan a la boca y escucho cómo sus dientes se clavan sobre el crujiente desayuno. No hablo y detengo mis pasos para no interrumpir la escena que se desarrolla ante mí. Decido disfrutar por un instante más de tal espectacular imagen y de las emociones que me evocan. Dejo que fluya la ilusión de un nuevo día mucho más esperanzador y me contagio de la armonía que transmite la sutiliza y el encanto de sus movimientos.

No recuerdo su rostro. Únicamente sé que lucía una barba asombrosa, llena de colores y que bordeaba perfectamente unos labios carnosos y rojos. Recuerdo su mirada, transparente como el agua, y la dulzura desprendida por el color de la miel en sus ojos. Recuerdo ver mi reflejo en ellos con absoluta claridad y sentirme triste con la imagen que me devolvían de mí misma. Sé que su mirada es especial.  De repente, ansío volver a verme a través de ella y traspasar esa luz tan clara y brillante que la hace tan única y asombrosa.

Se gira muy despacio, y dirige sus ojos directamente a mí, como si supiese desde el principio que he estado ahí, observándolo. Coloca la taza, en la que ha servido la leche, sobre la mesa que tiene delante, mientras sostiene aún en su mano derecha la tostada mordida. Esboza una amplia sonrisa y me da la bienvenida con una expresión cariñosa y amable. La imagen que se despliega ante mí es como una caricia para mi alma herida, más sanadora que cualquier otro remedio. Sin dudarlo, le devuelvo el gesto ofreciéndole mi sonrisa más tierna.

Desde mi posición puedo advertir una pequeña gota de mermelada suspendida en su barba y no puedo imaginar un momento más dulce que éste. Mi pecho se inunda de afecto, despejando la niebla producida por el miedo. Todo se vuelve claro e inmediatamente sé que no ha sido una invención de mi mente, a pesar de que parece que estoy viviendo en un sueño.

Continuará…

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¡No os perdáis el siguiente capítulo! Nos vemos el próximo martes.

¡Feliz semana!

Una aventura de mucha tinta. Capítulo 3

¡Buenos días! ¿Habéis tenido lunes festivo en vuestra comunidad?

Para muchos, comenzamos la semana hoy martes y qué mejor forma de empezarla que con un nuevo capítulo de la novela “Una aventura de mucha tinta”. ¿No os apetece saber cómo continúa?

¿Te has perdido algunos de los capítulos anteriores? No te preocupes, solo tienes que pulsar sobre el enlace correspondiente: Novela corta: Una aventura de mucha “tinta”.  Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1   Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2

 

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Capítulo 3

—Me conformaría con encontrar alguna respuesta, aunque no sea la que busco —respondo mientras levanto el vaso que sostengo en mi mano y lo dirijo hacia mi boca.

—Entiendo —hace una pausa mientras me observa y espera a que termine de dar el trago—. Aunque a veces, lo mejor es aceptar lo que haya pasado y seguir adelante. Encontrar una respuesta no siempre nos alivia el dolor. Es más, creo que puede llegar a ser peor.

—¿Y por qué crees eso? —continúo dando sorbos a mi whisky, ansiando que mitigue el fuerte dolor que siento.

—Porque a veces las respuestas pueden hacerte sentir culpable y en la mayoría de los casos no solucionan ni ayudan en nada. Solo hay que aceptarlo y avanzar.

Ahora soy yo quién lo mira mientras bebe de su copa y me pregunto qué situación habrá vivido él para dar esa clase de consejo. Parece tan seguro cuando habla…

—Aceptarlo, ¿eh? —sonrío irónicamente y acabo mi bebida. Deslizo el vaso por la barra para indicarle al camarero que vuelva a servirme lo mismo—. ¿Sabes lo que no puedo aceptar e intento entender una y otra vez? —permanece en silencio, esperando que prosiga—. ¿Cómo no me di cuenta de lo que estaba pasando? Porque vivo con ello cada día, es lo único que hago… ¿Y teniéndolo tan cerca, dedicándome a ello no fui capaz de verlo? Es absurdo.

—No sé si te sigo…

Giro mi cuerpo hacia el suyo y lo miro de frente, como si una mirada más directa y cercana pudiese transmitirle todo lo que está pasando por mi cabeza en este momento.

—Soy abogada, especialista en divorcios. Llevo dedicándome a ello media vida y he llevado cientos de casos… Gano dinero con el desamor de los demás, sabes… Pero, ¿He sido capaz de ver cómo mi propio matrimonio se deshacía un poco cada día? —Callo un instante y sonrío sarcástica mientras él sigue escuchándome en silencio— No. No he sido capaz. Un día llego del trabajo y me dice que ya no está enamorado y que quiere el divorcio. Así, sin más. Nada de intentos imposibles para arreglar lo que supuestamente, está roto en mil pedazos. Sin más oportunidades —tiendo el brazo que me queda más cerca de la barra y busco mi vaso, dándole un largo sorbo que casi termina con todo el líquido de su interior.

—No te castigues por ello, no es tu culpa. A veces cuanto más cerca tenemos algo, más nos cuesta verlo… Que seas abogada matrimonialista no significa que tengas que predecir todos los divorcios…

—Quizás no todos, pero sí el mío ¿No crees? —me siento tan enfadada conmigo misma, irritada y exhausta por no haberlo  previsto que casi no puedo ni soportarme a mí misma. Solo quiero beber hasta perder el conocimiento y así no encontrarme tan incómoda siendo yo.

—No. No lo creo. Debe ser mucho más difícil intuir tu propio divorcio, sobre todo si no eres tú quien da ese paso. Si sigues enamorada y eres feliz, probablemente seas incapaz de ver que el otro ya no te quiere. Supongo que es una forma de protegernos, no queremos ver aquello que nos hace daño.

Lo observo atónita. Habla como si contase su propia experiencia. Sabe lo que dice, no son figuraciones ni ejemplos de situaciones generales… Lo que dice es porque lo ha vivido. Puedo advertirlo no solo a través del sonido de su voz, sino también en sus ojos. Tan transparentes y claros, con tanta luz que es imposible no ver la verdad en ellos. Parecen tan sabios y experimentados… Unos ojos, que han aprendido a observar la vida desde un enfoque distinto. Imagino que tras haber visto el dolor y la amargura propia.

Si me acerco un poco más puedo ver mi reflejo en ellos. Veo una mujer destrozada, hecha pedazos y desconsolada. Ni el maquillaje más resistente, ni el peinado más elegante pueden esconder la evidencia del sufrimiento. Las lágrimas siempre se abren paso ante la necesidad de extraer el asfixiante dolor. Desesperación y culpa es lo que me devuelve mi reflejo en su mirada… Será lo que él ve de mí también.

La vergüenza de ser quién soy en este momento solo me lleva a continuar bebiendo para olvidar y no ser consciente  de la imagen que ofrezco. A saber qué pensarán de mí toda esta gente a la que no conozco de nada… y por qué este hombre con ese aspecto tan rudo y salvaje se ha acercado hasta mí con la intención de… ¿Consolarme? ¿Por qué va a importarle lo que me pase? Si no me conoce… Qué más le da si sufro…

Yo sigo desahogándome. Le cuento mis penas y lo desgraciada que soy por haber sido abandonada por un marido al que quería con locura y con el que soñaba compartir el resto de mi vida. Por haber sido incapaz de ver cómo el desamor llamaba a mi puerta y que sus besos cada vez eran más fríos y distantes… Por no poder mirar a los ojos a mi hija y explicarle lo que ha pasado entre nosotros. Por ser la única mujer de mi círculo de amigas que está divorciada, por sentirme fuera de lugar, diferente y tan culpable…

No me importa ya si se me escapa alguna lágrima mientras le narro cómo se ha desmoronado mi vida, ni mostrarle ese lado amargo de mi ser… Me da igual si un desconocido piensa que soy patética mientras me consuela por pena o simple solidaridad… Solo hago lo que necesito en este instante, que es extraer de mi interior todas las emociones que oprimen mi pecho para poder respirar de nuevo.

—¿Y tú cómo sabes tanto del amor? ¿Has roto algún corazón o te lo han roto a ti? —mi curiosidad por saber de qué experiencia proceden sus consejos ha ido en aumento a medida que yo iba detallando mis calamidades y escuchando sus sosegadas sugerencias, sin mostrar ni un ápice de venganza o indignación.

—Eso da lo mismo. Seas tú quién lo rompe o al que se lo han roto, siempre acabas herido de alguna forma.

—No, no, no. En eso no estoy de acuerdo. El que se atreve a romperlo es el que menos sufre… No puedes decirme que siente lo mismo quién clava el puñal que quién recibe el golpe —mi voz empieza a diluirse a causa del adormecimiento que empieza a producirme la bebida. Aunque aún puedo unir las palabras y hablar con cierta racionalidad, tengo que hacer un esfuerzo por vocalizar correctamente cada sílaba, simulando un estado de sobriedad  que realmente desapareció tras la primera copa bebida.

—El que clava el puñal, como tú dices, puede que lleve meses sufriendo por estar con alguien a quien no quiere y no saber cómo decírselo. Imagina estar en una relación que no avanza, en la que no estás a gusto y de la que quieres salir como sea pero ves a tu pareja cada día volcada en algo que para ti ya no existe, entregándose como el primer día, demostrándote constantemente su amor… ¿Cómo le dices que ya no la quieres? También sufres por ello porque la has querido… y te duele hacerle algo así… Pero, qué puedes hacer… ¿Sigues con ella porque no te atreves a ser sincero o por no hacerle daño? Lo mejor es quitar la tirita de un solo tirón. Mucho menos doloroso. Aunque eso no significa que la decisión se haya tomado igual de rápido, ni que el dolor sea tan pasajero como cuando arrancas la tirita.

Perpleja ante sus palabras y su punto de vista, termino otra copa más y lo miro en completo silencio, con la boca semi abierta ante la sorpresa de su respuesta. No me había parado a pensarlo de aquella manera, aunque no estoy del todo segura de si esa forma de valorar la situación resta culpa a quién acaba clavando el puñal… Me pregunto si esa es la situación que él ha vivido.

Permanecemos en silencio un momento, mientras espero que el camarero se gire hacia mí para pedirle una copa más. Miro hacia su vaso, aún con un dedo de líquido en su interior e intento recordar cuántas copas ha bebido él mientras yo mezclaba mis lágrimas con el amargo whisky. No sé cuántas han sido pero creo que no me equivoco si cuento más a mi favor. Probablemente hoy haya bebido más que nunca, incluso más que el día de mi boda.

¿Cuándo se bebe más; por tristezas o alegrías? Yo creo que por tristezas…

—Tal vez deberías dejar de beber —interrumpe el vaivén de mi mente.

—Puede… pero qué más da —levanto ligeramente el vaso de la barra y hago chocar los cubos de hielo para llamar la atención del camarero y así, éstos dejen de sonar amortiguados por el líquido en el que serán sumergidos.

—Hombre, ya solo quedamos nosotros e imagino que el dueño del local querrá irse a casa a descansar.

Miro a mi alrededor para comprobar lo que dice y efectivamente, todo el mundo se ha ido. Incluida la pareja de la barra. ¿Cómo no me he dado cuenta? ¿En qué momento nos hemos quedado solos?

Empiezo a darme cuenta de lo incapacitada que estoy para levantarme del taburete en el que estoy sentada y dirigirme al coche. Pienso que tengo que conducir hasta llegar a casa y ni siquiera sé dónde estoy, ni cómo llegar a algún lugar conocido. Comienzo a valorar que he bebido demasiado, he perdido el control y ahora no sé cómo voy a salir de esta situación. No sé si tengo más ganas de llorar o de reírme.

Vuelvo a mirarlo y entonces me doy cuenta de que él sigue aquí, conmigo.

—¿Por qué no te has ido? Supongo que vendrías con alguien… ¿Por qué te has quedado conmigo? —miro sus ojos translúcidos con el ceño fruncido, intentando atravesarlos y desvelar la verdad que hay en ellos.

—Porque así lo he querido —me sonríe, mostrándome por primera vez en toda la noche, unos dientes blancos y una sonrisa amplia y hermosa. Me quedo embobada mirando su boca e incluso me parece ver un destello de luz en ella, cual, guiño de película a falta del típico timbre que lo acompaña. Me pregunto si me habré desmayado y estaré soñando o simplemente estoy teniendo algún tipo de visión o alucinación—. Vamos, voy a llevarte a casa.

Tiende su mano para que apoye la mía y me deje guiar por ella. No lo dudo. Puede que me esté equivocando pero aunque parezca extraño, confío en él. Es más, creo que ahora mismo, es en la persona que más confío. Pongo mi mano sobre la suya con total tranquilidad y me dejo llevar sin ninguna clase de resistencia o condición. No sé a dónde me lleva ni si es del todo seguro… Quizás me lleve hasta el coche y se desentienda de mí… Total, no tiene por qué ocuparse de alguien a quién no conoce de nada… No soy su responsabilidad. Aunque, sé que no es eso lo que va a pasar. Va a llevarme a un lugar seguro, dónde pueda descansar, dormir y olvidar mis penas…

Me ayuda a levantarme del incómodo asiento y coloca su brazo alrededor de mi cintura para evitar que me caiga. El contacto resulta muy agradable y el calor que desprende su piel reconforta la molesta sensación que produce el vello erizado de mi piel. Me dejo llevar y lo sigo hasta la salida del local, abandonando mi cuerpo a su merced. Soy incapaz de tomar el control y no me molesto en aparentar lo contrario. Permito que me proteja y me ayude.

—Está bien… Tú no puedes conducir, así que yo mismo te llevaré. ¿Sabrías decirme dónde está tu casa?

Doy una carcajada y levanto mi cabeza de su hombro para mirarlo. Tiene unos ojos tan bonitos y brillantes…

—No sé… Puedo darte la dirección pero creo que está bastante lejos… Puede que a una hora o más… La verdad es que no tengo ni idea —me encojo de hombros y le sonrío tímidamente, cual, niña inocente que no sabe la respuesta. Él me devuelve la sonrisa y por un instante creo estar perdida en el paraíso.

—Podría llevarte a mi casa que está muy cerca de aquí y así mañana puedes recoger tu coche. Si te llevo a tu casa en tu coche, luego no tendría cómo volver yo y si vamos en el mío, igualmente habría que volver mañana a por el tuyo.

No sé si está razonando consigo mismo o si me está consultando cuál es la mejor opción. Espero que sea lo primero, pues no estoy en la mejor condición para tomar ninguna clase de decisión. Aun así, le respondo para que se sienta escuchado.

—Haz lo que creas mejor. No voy a protestar… Ni tampoco tengo ahora mismo capacidad para tomar decisiones… Me fío de ti.

—Vale, pues entonces haremos lo más sencillo.

—Me parece bien. Por cierto, ¿Sabes de qué acabo de darme cuenta? —no contesta, imagino que espera que le dé la respuesta directamente—. No nos hemos presentado… Llevamos toda la noche hablando y ahora vamos a irnos juntos y ni siquiera sabemos cómo nos llamamos… —río suavemente por el supuesto despiste—. Yo soy Ana… ¿Y tú?

—Leo. Me llamo Leo.

Detengo el paso y hago que él también se detenga. Intento ponerme recta apoyándome en el brazo que sujeta mi cintura y cuando creo que he conseguido mantener el equilibrio, extiendo mi brazo derecho y le ofrezco mi mano a modo de presentación formal. Él me mira sorprendido pero me sigue el juego y estrecha mi mano. Aprovecho el contacto para reajustar mi equilibrio y cambiar el apoyo de mi peso a la otra pierna aunque mi  postura es tan frágil que acabo perdiendo el poco equilibrio que había conseguido, volcando todo mi peso en su mano, que aún permanece enlazada con la mía. Él, rápidamente percibe que estoy a punto de caerme y me sujeta bajo mis hombros con sus fuertes brazos tatuados. Mi cuerpo cae laxo sobre el suyo. Mi cabeza descansa de nuevo en su hombro y sin querer rozo mi nariz por su cuello, aspirando su olor. No desprende un perfume fuerte y salvaje como cabría esperar dada su apariencia, aunque tampoco es dulce ni sutil… Es un aroma natural, a piel cálida y cercana… Huele… Huele a hogar…

Continuará…

© Todos los derechos reservados.

¿Quieres saber cómo continúa la historia entre Ana y Leo? ¡Pues no te pierdas el próximo capítulo!

Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2

¡Buenas tardes! ¿Cómo habéis comenzado la semana?

Hoy es martes, así que ya sabéis que corresponde la siguiente entrega de la novela corta que estamos viviendo en este momento; “Una aventura de mucha tinta”.

¿Os habéis perdido el primer capítulo o necesitáis volver a leerlo? No os preocupéis, solo tenéis que pinchar en el enlace y comenzar a disfrutar de esta apasionante historia  Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1.

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Capítulo 2

—¿Puedo ayudarte en algo? —me pregunta con tono servicial, como si intentara ayudar a una niña perdida. Trago saliva con dificultad, dada la sequedad de mi garganta tras tanta lágrima vertida, mientras pienso rápidamente algo que decir.

—Verás, es que necesito ir al baño. Llevo conduciendo… no sé cuánto tiempo y este es el único sitio que he visto abierto…

Me observa detenidamente, sin despegar sus ojos de los míos. Le muestro una sonrisa amable para que vea mi sinceridad a través de ella y mi buena voluntad. Él, con sonrisa pícara y la frente arrugada me ofrece lo que podría considerarse un trato justo.

—El aseo es sólo para clientes pero puedes pedir lo que te apetezca.

—Bien, pues ve preparándome el vaso, cuando salga te digo lo que voy a beber —señalo con un dedo hacia la puerta que está tras él, indicándole que se aparte para que pueda pasar. No puedo esperar más.

Abre los ojos sorprendido por mi respuesta y se echa hacia un lado permitiéndome avanzar hacia mi objetivo. Puedo sentir las miradas clavadas en mi espalda pero no me importan lo más mínimo.

He sido gravemente herida por la mirada que más me importaba. Qué más me da si un grupo de desconocidos me avasallan con ojos sombríos y dudosos… Es cierto que en un principio me he sentido abrumada ante tanta expectación pero una vez traspasada la puerta, me he llenado de energía y al igual que me ocurre cuando atravieso la entrada de un juzgado, me he colmado de valor y fuerza.

Que me miren si quieren y que me juzguen… ya que he venido a parar aquí, voy a relajarme durante un rato mientras me tomo una copa que amortigüe el dolor punzante de mi pecho.

Salgo del aseo y me dirijo a la barra, que ahora está atendida por quien me ha recibido. Me siento en un taburete mientras él me observa desde el otro lado, esperando que le pida mi bebida. Puedo advertir en su expresión que está algo despistado, descolocado… No esperaba mi reacción, seguramente creía que me amilanaría o que saldría corriendo asustada.

—Ponme un whisky solo con hielo pero no vayas a ponerme de la botella más barata. Quiero etiqueta dorada. —lo miro con aire desenfadado, indiferente, como si nada me importase. Aunque le hago saber que voy en serio, no soy ninguna niña perdida a la que tenga que salvar. Sé perfectamente lo que estoy haciendo, o al menos, intento dar dicha apariencia.

—No tengo ese whisky. Si quieres etiqueta negra… Es lo que tengo…

—Está bien, ese mismo.

Aunque no veo lo que ocurre detrás de mí, puedo oír el murmullo de las voces y las risas. Supongo que una vez pasada la sorpresa, todo vuelve a la normalidad con suma rapidez. Sus miradas ya no atraviesan mi espalda, imagino que ya tendrán una supuesta hipótesis sobre quién soy y cómo he llegado aquí… Todo el mundo juzga… sin necesidad de ser juez.

Mientras me sirve mi bebida, giro la cabeza hacia mi izquierda y observo cómo la pareja que antes se susurraba al oído, ahora se besa cariñosamente. Esbozo una sonrisa mientras les miro y pienso en lo que he perdido. Esa punzada que sueles sentir deslizarse desde la boca de tu estómago y recorrer todo tu ser… La reacción de la piel ante la acaricia de la persona amada y el deseo que nace en tu interior por poseerlo y uniros hasta convertiros en uno… Ese dolor punzante que ahora se ha convertido en un grito desgarrador de tu alma, herida y vacía, exigiéndote recuperar ese amor que antes la colmaba…

Suspiro en un intento de calmar la agonía que siento. Cierro los ojos un segundo para borrar de mi mente la imagen del deseo, del afecto, pero no consigo más que acrecentar mi sufrimiento. Los recuerdos vienen a mí como flashes, haciendo un recorrido por nuestra larga historia compartida. Besos, abrazos, risas, confesiones, ilusiones, pasión… Todos los momentos vividos, aquellos más felices y que siempre te hacen preguntarte en qué momento de la historia se fueron para dar lugar a la indiferencia, el egoísmo y la mentira…

A veces pienso si podría haberlo evitado. Tal vez si me hubiese dado cuenta de ese decaimiento de la relación, tan sutil y desapercibido por quienes lo viven, quizás podría haber puesto remedio y con paciencia y empeño todo podría haberse solucionado… Sin embargo, hay momentos en los que mi mente me dice que nada tenía remedio. Cuando la historia que se ha creado en unión, comienza a desquebrajarse, lo hace tan silenciosamente que para oír cómo se rompe tienes que tener un don que solo algunos afortunados poseen. Está claro que yo no soy una de ellas y mi, ahora exmarido, tampoco. Aunque en mi opinión, él hubiese simulado no darse cuenta, ya que cuando otro amor cruza tu vida ya nada de lo que queda atrás te importa. Tu único deseo es avanzar, mirar hacia delante y comenzar esa nueva historia que aparenta plena felicidad y eternidad… Acabar cuanto antes con el pasado para poder caminar hacia el futuro… Lástima que yo no sea capaz en este momento de dar ni un solo paso…

—Puedes pensar en ello tanto como quieras mientras haces girar los cubitos de hielo de la copa… pero te garantizo que no vas a obtener la respuesta que buscas.

Levanto la mirada del vaso que sostengo en mi mano derecha y miro hacia la voz que ha interrumpido mis pensamientos. Es otro de los hombres que bebían alrededor del barril.

Al igual que el resto de sus acompañantes, tiene los brazos completamente tatuados. Viste una camiseta de manga corta y aunque tapa la mitad de sus brazos, se adivina que el extraño dibujo que comienza en sus muñecas prosigue al menos hasta la parte superior de los hombros. Líneas negras, rojas, sombras y grises que se unen para dar forma a un dibujo cifrado, que parece haber sido improvisado por el dibujante. Líneas de tinta que marcan y guían el recorrido de las propias curvas de un brazo tonificado, vigorosamente musculado. También luce una barba crecida en torno a sus labios. Se pueden distinguir varias tonalidades en el color de su vello; desde un negro intenso hasta un castaño claro, con algunos matices blancos que te recuerdan los años ya vividos. Sus ojos, del color de la miel más fina y dulce, parecen sabios observadores de la vida. Grandes y limpios, sin la apariencia de una cara que no muestran. Su cabello, no es tan colorido como su barba, con un tono mucho más uniforme hacia el negro intenso. Su voz, grave y al mismo tiempo melódica, ha traspasado mis oídos generando una extraña sensación de paz, que aunque levemente, ha aliviado por un instante, el dolor asfixiante del centro de mi pecho.

Sentir que alguien sabe o puede entender por lo que estás pasando es tan tranquilizador y reconfortante que no importa si es un desconocido, tu mejor amiga o tu madre… Solo necesitas una palabra de aliento, una mano que te sostenga y te comprenda, alguien dispuesto a escucharte sin darte consejos ni remedios… Un alma que haya sufrido lo mismo que tú, que solidaria se preste a compartir tu dolor y utilizar su experiencia para amortiguar tus lágrimas, soportar la carga del sufrimiento de un alma vencida, que rendida ante la desesperación de la agonía, requiere la compañía y el valor de una ya sanada.

Sonrío agradecida ante su gesto complaciente y con la mirada, lo invito a sentarse a mi lado. No puedo permitirme rechazar su ofrecimiento. Dada la escasez de amigos que tengo y lo esporádico del consuelo desconocido, resultaría demasiado descortés y soberbio no aprovechar el beneficio de un oído comprensivo.

Continuará…

© Todos los derechos reservados.

¿Quieres saber qué pasará en la conversación que está a punto de comenzar entre ambos?

¡Pues no te pierdas  el próximo capítulo! Te espero el próximo martes.

Relato “Con sabor a canela y a despedida”

¡Buenos días! ¿Qué tal la semana?

Como muchos de vosotros ya sabréis, mañana día 23 se celebra el Día del Libro. En Madrid están organizadas muchas actividades para esta noche de viernes que girarán en torno al mundo de la literatura. Los que estéis por la capital, si os apetece, podéis aprovechad y disfrutar de muchas de ellas. Si os encontráis en otra provincia, podéis informaros de si realizan alguna actividad especial con motivo de dicha celebración.

Por mi parte, para festejar este día os traigo un relato. Me sumo a la anticipación que hace la ciudad de Madrid y lo publico hoy, así despedimos la semana con un toque dulce.

Si os acordáis, en una ocasión publiqué una entrada con el  Relato: “Hilos rasgados” , el cual, hablaba de la historia compartida por dos de los personajes de la novela en la que estoy trabajando. Bien, pues hoy, os dejo otra de esas historias.

¿Os apetece recordar cómo se vive el primer beso? Sí, este tiene un poco de sabor a despedida pero también sabe a canela… Lee, lee.

Besos

Con sabor a canela y a despedida

Miro sus ojos. Hoy más turbios que nunca por las lágrimas que guarda bajo los párpados y más azules que cualquier día. Como si el líquido salado que brota de sus ojos se llevara consigo todas las tonalidades escondidas en su iris único y dejase a la vista el azul más hermoso que jamás haya visto.

No puedo dejar de pensar que posiblemente sea la última vez que los vea. Esos ojos preciosos, de color indefinido que tanto me recuerdan al mar. Azules, verdes, grises… Agitados, en calma, húmedos… Felices o tristes… Sea como sea los mantendré siempre en mi recuerdo.

—No me creo que este momento haya llegado de verdad —sujeto sus manos mientras las acaricio suavemente con mis pulgares— Esperaba que todo fuera una pesadilla o tal vez, al final, no tuvieras que marcharte.

—Lo siento mucho… —sus lágrimas caen de sus ojos sin parar y su respiración agitada entrecorta su dulce voz embriagada por la tristeza— Ojalá no tuviera que irme… voy a echarte tanto de menos…

—Yo también voy a echarte muchísimo de menos. No sé qué voy hacer sin ti. Ni siquiera creo que vuelva a sentarme en este banco. No podría venir aquí y observar a los patos… solo… sin ti… Me traería demasiados recuerdos.

Ambos guardamos silencio por un momento. El contagio de sus lágrimas es irremediable y los dos lloramos desconsolados como dos niños pequeños perdidos, solos en un mundo inmenso, sumidos en el temor de no volver a encontrarnos.

Se va y seguramente no volveré a verla. Cruzará de punta a punta Estados Unidos para irse a vivir a un lugar de ensueño, dónde el sol brilla casi todos los días del año. Un lugar, en el que, no sólo te enamoras de su océano y su luz, sino también de su gente… Un día, conoces a un chico guapo y encantador que se ofrece a mostrarte la ciudad y tú aceptas encantada y agradecida por su amabilidad. Otro día vais juntos a comer y te presenta a sus amigos, que ahora también son los tuyos… y así poco a poco, os vais conociendo… En algún momento te das cuenta que estás enamorada y comenzáis a vivir una apasionada historia de amor. Quizás, si todo va bien, hacéis planes de futuro y entonces, te olvidas de los nuestros, de aquellos que construimos juntos… y todo termina definitivamente.

Voy a perderla. No hay vuelta atrás.

—¿Por qué te has quedado tan callado? ¿Qué piensas? —pregunta entre sollozos aún, sin soltar mis manos.

—Pienso en lo bonito que tiene que ser Los Ángeles y en lo bien que lo pasaras allí. Seguro que pronto te olvidas de mí.

—¿Cómo puedes decir eso? Me da igual cómo sea Los Ángeles. Yo no quiero ir allí, lo que quiero es quedarme en Nueva York. Contigo —hace una pausa y me mira con el ceño fruncido, sorprendida ante mi arrebato de celos— Nunca me olvidaré de ti.

—Ya… eso dices ahora.

—¿Y tú qué? También puedes olvidarte de mí. Nueva York es muy grande y viven muchas chicas guapas… Además, podría ir a vivir a mi casa alguna chica que me sustituya… Seguro que cuando conozcas a otra que te guste ya no te acordaras ni de mi nombre —comienzo a distinguir media sonrisa en su hermoso rostro y enseguida me doy cuenta de que la amaré para siempre.

—Tú eres la chica más guapa de Nueva York y ahora lo serás en los Ángeles. Tendré que irme a vivir allí —ambos reímos mientras enjugamos nuestras lágrimas. Un ápice de humor para aliviar la amargura que se cierne sobre nosotros— Siempre te querré —la miro a los ojos muy serio haciéndole una promesa de amor sincera y eterna— Te lo prometo. Buscaré la forma de estar contigo, de que estemos juntos para siempre… Nunca te dejaré. Mientras tanto, te escribiré tantas cartas que apenas te dará tiempo de imaginar qué ocurre en mi día a día. Estaremos juntos. Ya lo verás.

Me sonríe de forma cariñosa, mientras acaricia mi mejilla. Yo ante el gesto, acerco mi rostro a su mano y ejerzo cierta presión sobre ella para embriagarme de su calor, de su tacto… Su mirada está llena de ternura, comprensión y tristeza. Se acerca mucho más a mí y el pequeño espacio que nos separaba desaparece totalmente. Su mano derecha sigue en mi mejilla y la izquierda entrelaza mis dedos con los suyos. Con fuerza. Con cariño. En un intento de mantenernos unidos. Sus labios rozan los míos. Dudosos. Casi de forma accidental y yo me dejo guiar y permito que tome lo que quiere. No es momento para el arrepentimiento. Ella, continúa. Está decidida, siempre ha sido la valiente, la atrevida. Me besa, posa sus labios sobre los míos y presiona ligeramente. Luego, amplía la abertura de sus labios e introduce lentamente su lengua en mi boca. Es suave, cálida y muy húmeda. Sabe a canela. Seguimos besándonos con más firmeza, sabiendo que el otro está de acuerdo. Su beso es delicioso. No quiero que se acabe y por supuesto, quiero repetirlo. Quiero que sea ella quién me bese el resto de mis días…

Pero se termina. Se separa de mí y se levanta. Nos miramos a los ojos y nos decimos nuestras últimas palabras con la mirada. Desliza su mano por la mía, acariciando con sus yemas cada terminación nerviosa de mi mano hasta que están separadas. Me quedo sentado y veo cómo se aleja para siempre. Me toco los labios y las lágrimas vuelven a brotar de mis ojos.

Acaban de darme mi primer beso. Ella me ha besado por primera vez y temo que también haya sido nuestro último beso.

© Todos los derechos reservados.

¿Queréis saber qué pasará? ¿Se volverán a encontrar o es un adiós para siempre?

Descubriréis más en mi novela, la cual, avanza progresivamente y espero que muy pronto podáis disfrutar de ella.

¡Feliz fin de semana!