«Los visitantes del faro» Capítulo 2.

¡Buenas tardes! ¿Qué tal el fin de semana? Imagino que lo habréis disfrutado a pesar del frío.

Hoy os traigo el segundo capítulo de la novela corta «Los visitantes del faro». Espero que el primero os dejase con ganas de más.

¿Te perdiste el primer capítulo? Puedes leerlo aquí

Lightouse & Pastel Colors

Capítulo 2

Finalmente decido ir en su ayuda. Lo que me pregunto es cómo voy a conseguir desplazarlo hasta aquí, esquivando rocas y montículos de vegetación sin hacerle más daño y teniendo en cuenta que debo arrastrarlo por una cuesta ascendente. Pienso rápidamente en algún objeto que pueda usar como camilla para facilitarme el traslado, en caso necesario pero no se me ocurre ninguno. Además, quizás añadir peso no sea la solución más acertada. Lo mejor será que baje a ver qué le ocurre y ya improvisaré…

Desciendo las escaleras de caracol hasta llegar a la planta baja y me coloco el abrigo cortavientos que tengo colgado en el perchero de la entrada, respiro profundamente y me preparo para recibir la lluvia y enfrentarme a lo que tenga que ser.

Salgo a la gélida y tormentosa noche que me acoge furiosa. El viento me rodea golpeándome con su fuerza mientras desplaza con él las gotas de lluvia, de las que es imposible protegerse. Puedo sentir los molestos granos de arena que se clavan en mi rostro como si fuesen finas agujas, hirientes.

Desciendo por la duna, empujada por el aire y llego como puedo hasta él. Me agacho para estar a su altura e intento llamar su atención una y otra vez pero no recibo respuesta. Lo giro para que quede tumbado boca arriba y evitar que siga hundiendo la cara en la arena. Compruebo su pulso colocando dos dedos en su cuello y además acerco un oído hasta su pecho semidesnudo para oír los latidos de su corazón. Parece que está vivo aunque diría que inconsciente. Está helado y empapado. Tengo que moverlo, llevarlo hasta casa e intentar que recobre el conocimiento. Me coloco tras su cabeza y lo agarro de los hombros con la intención de arrastrarlo. Está claro que no puede andar, ni ponerse en pie y yo no tengo otra forma de moverlo. Total, ya está empapado, no creo que le importe mojarse más de lo que ya está.

Comienzo a deslizarlo poniendo toda mi fuerza para impulsarlo. La humedad de la arena me facilita el movimiento pero el viento y la lluvia me hacen más difícil la tarea. La capucha que cubre mi cabeza y que anudé bajo mi mentón, se ha ido desplazando hacia atrás a medida que avanzo de cara al viento. La presión de la fina cuerda atada y clavada sobre mi barbilla me corta la respiración mientras que algunos mechones de pelo quedan al descubierto y comienzan a ondear al ritmo del viento, desplegando ante mis ojos un improvisado baile que resta la poca visibilidad que tengo. Apenas avanzo unos pocos metros en cada impulso que tomo, haciendo una leve pausa para volver a coger aire y desplazarnos unos pasos más. Así continúo hasta llegar a la puerta de casa. Avanzo, paro, avanzo.

Una vez dentro de casa y a salvo de la ventisca, dejo su cuerpo tumbado sobre la entrada mientras yo me desanudo la capucha y me deshago del abrigo que gotea incesante. Es un alivio volver a respirar con normalidad. Vuelvo a cogerlo bajo los hombros y lo muevo hasta el sofá de la sala de estar.

Lo observo un momento antes de subirlo. Es un chico joven, en torno a los treinta y cinco años. Tiene las facciones muy marcadas; las líneas que delimitan su mandíbula en ambos lados están claramente dibujadas uniéndose en el centro para formar un mentón prácticamente cuadrado. Sus prominentes pómulos rodean una nariz alargada y elegante. Tiene los ojos cerrados y no puedo saber el color que esconden sus párpados pero se adivinan grandes y alargados. Su pelo está, al igual que todo su cuerpo, empapado. Lo lleva muy corto y aunque está húmedo se adivina de color oscuro. Tiene un pequeño corte bajo el pómulo derecho, rodeado por sangre seca y arena pegada.

Decido quitarle la ropa mojada para evitarle una neumonía o algo mucho peor. Tengo que conseguir que entre en calor. Comienzo sacando sus brazos de las mangas de la camisa, ya desabotonada y abierta. Un hematoma aparece en su costado izquierdo, dando signos de algún golpe o traumatismo que ha podido dañar sus costillas. Tiene leves marcas recientes por todo el pecho que me hace pensar que lo han podido arrastrar boca abajo, al contrario de cómo lo he hecho yo. Reviso su espalda para comprobar si le he causado algún daño y veo algunas heridas más antiguas, ya curadas, y algunas rojeces recientes que posiblemente se deban a la erosión de la piel por el arrastre. Tiene un pectoral bastante fuerte y a pesar de estar encogido por el frío se puede advertir la musculatura de los abdominales. Se nota a simple vista que es un joven fuerte. Su piel aceitunada está completamente erizada por el frío y parece muy sensible al contacto. Con sólo rozarla con mis dedos, puedo sentir cómo responde al calor de mis manos tornándose ligeramente más suave. Deslizo los pantalones vaqueros por sus piernas hasta llegar a sus pies desnudos y gélidos. Al hacerlo, noto su pierna izquierda inflamada y roja. No parece estar rota aunque sí herida. Al igual que su pecho, sus piernas son musculosas y fuertes. Me pregunto qué le ha podido pasar para estar tan magullado.

Lo dejo en ropa interior. Me da excesivo pudor desnudarlo al completo. Ya me siento demasiado violenta al haberlo desnudado, mirado y tocado sin su permiso… Sé que lo he hecho para despojarlo de toda la ropa mojada y evitar un mal peor pero aun así me sonrojo al imaginarme descubierta ante su mirada. Está algo húmedo pero es un bóxer fino que secará rápidamente.

Seco su piel con una toalla con sumo cuidado al pasar por las zonas magulladas y heridas. Lo hago despacio, con mimo, por si siente dolor o alguna molestia con el contacto y limpio la herida del pómulo para eliminar la costra que se ha formado a su alrededor por sangre y arena. Lo tumbo sobre el sofá y coloco su cabeza sobre el reposa brazos para que descanse y esté cómodo, coloco un cojín bajo su tobillo izquierdo para que su pierna herida descanse en posición recta y por último lo tapo con las dos mantas más cálidas y gruesas que tengo. Siento no tener ropa que ponerle pero creo que será suficiente con las mantas. Enciendo la chimenea que ambienta la sala con su luz y calidez para que otorgue un extra de calor al frío cuerpo del atractivo joven.

Vuelvo a observarlo un instante y pienso qué debo hacer. El acceso por carretera hasta este lugar es complejo y requiere de un coche especial para atravesar las dunas de arena. Ni siquiera tengo coche aquí. Cuando vine decidí hacerlo sin ningún medio que me permitiera huir al mínimo momento de debilidad, así que cuando lo necesito llamo a mi hermano para que venga en su todoterreno y me lleve a hacer la compra o a dónde necesite. Podría llamarlo pero la semana pasada me advirtió de que saldría de viaje para hacer una de esas rutas por las montañas que tanto le gustan, por lo que debía comprar todo lo necesario hasta que él volviera. Me llamará cuando esté disponible.

Por barco está claro que no es la solución debido al temporal, que intuyo durará aun unos días más, como suele ocurrir siempre que hay este tipo de tormentas. Además, yo no sé navegar ni tengo barco…

Vuelvo a mirarlo una vez más. Parece en calma y a salvo. Su pecho sube y baja rítmicamente con cada respiración, la cual, considero estable y normal. Pronto habrá cogido calor y seguramente recupere el conocimiento antes de hallar una salida segura para él. Creo que lo mejor será que se quede aquí hasta que recobre la consciencia y no sea peligroso salir.

Aunque no lo he dicho hasta ahora, estoy segura de que es uno de los visitantes. Sé que desde la ventana de mi habitación y durante las noches, apenas se distinguen unas personas de otras pero su porte, su silueta… así me lo hace pensar. Además, aquí poca gente viene. Sólo ellos. Está claro que esta noche el encuentro no ha salido nada bien… La pasión se ha convertido en violencia y abandono… Estaré atenta a los próximos movimientos que puedan hacer, quizás alguien lo busque… Aunque espero que cuando vuelvan, él ya esté despierto.

Todo esto me hace pensar si, tal vez, aun quede alguien en la playa. No creo que viniera solo… Subo a mi habitación y antes que nada me cambio de ropa. Yo también estoy empapada, he estado tan concentrada en él que apenas me he dado cuenta pero mi piel empieza a estar insensible por el frío. Me pongo algo seco y echo un último vistazo por la ventana por si veo a alguien buscando un cuerpo… Quizás lo dieron por muerto… Pero no distingo nada. Vuelvo a la planta baja y me preparo una taza de café humeante para entrar en calor y mantenerme en alerta. Tengo a un desconocido en el salón de mi casa, del que lo único que sé es que le gusta el sexo duro, en lugares salvajes y compuesto por algo más que un dúo. Ha aparecido inconsciente y herido en medio de la playa y nadie parece buscarlo, al menos de momento… Es de esperar que me quede cerca de él y vigile sus movimientos… No sé de qué puede ser capaz y si será peligroso…

Sí, aunque esté inconsciente y sea yo quién lo haya desnudado…

Continuará…

© Todos los derechos reservados.

¿Os ha gustado el segundo capítulo? ¿Que os parece la decisión de Carmen? ¿Tenéis ganas de saber qué va a pasar?

¡Contadme!

4 comentarios en “«Los visitantes del faro» Capítulo 2.

Deja un comentario

Responsable » Mar Suárez Redondo.
Finalidad » Enviarte nuevos contenidos.
Legitimación » Tu consentimiento.
Destinatarios » Los datos que me facilitas estarán ubicados en los servidores de Webempresa (proveedor de hosting de marsuarezredondo.com) dentro de la UE. Ver política de privacidad de Webempresa. (https://www.webempresa.com/aviso-legal.html).
Derechos » Podrás ejercer tus derechos, entre otros, a acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos.

A %d blogueros les gusta esto: