«Los visitantes del faro» Capítulo 3

¡Buenas tardes! ¿Qué tal el fin de semana?

Comenzamos una semana más y como cada martes, os traigo el siguiente capítulo de la novela corta «Los visitantes del faro». Espero que tengáis ganas de saber cómo continúa.

¿Te perdiste las entregas anteriores? No te preocupes, puedes leer el primer capítulo aquí y el segundo aquí

Ahora, os dejo con el tercer capítulo. ¿Estáis preparados?

Aviso que el ambiente empieza a caldearse y cada vez está más interesante…

Lightouse & Pastel Colors

Capítulo 3

Me despierto de un sobresalto por el fuerte sonido de un trueno y rápidamente dirijo mis ojos hacia él para comprobar si continúa inconsciente o si, por el contrario, está despierto o se ha movido a lo largo de la noche. Tiene los ojos cerrados y su postura es la misma en la que lo dejé al acostarlo.

Me levanto del sillón, en el que me acomodé para poder observarlo, y estiro mis piernas y brazos entumecidos de estar contraída en un hueco tan pequeño. Me acerco lentamente hasta el sofá para no hacer ruido y coloco una mano sobre su frente para medir su calor corporal. Tras comprobar que su temperatura parece normal y que ha recuperado ligeramente el color en sus mejillas, reviso su pierna izquierda levantando ligeramente las mantas que la cubren, la cual, sigue bastante inflamada. Deslizo la mirada por toda la extremidad sin poder evitar fijarme en el marcado músculo que da forma a su fuerte muslo, recorriendo todo su contorno hasta llegar a la fina tela blanca que cubre su zona más íntima. Desvío los ojos hacia el centro de su cuerpo y me detengo un instante a observar cómo palpita bajo el bóxer una erección reprimida que se antoja ansiosa de ser liberada. Me ruborizo al descubrirme a mí misma invadiendo la intimidad de un desconocido y rápidamente dirijo mi vista al costado para verificar que el hematoma no ha empeorado. Una vez examinado su estado, vuelvo a colocar la manta tal como estaba, asegurándome de no dejar ningún tramo de piel al aire libre.

Me dispongo a salir del salón para prepararme un buen desayuno que me despierte y alimente mi avivado apetito, cuando al alzar mi cabeza me encuentro directamente con sus ojos abiertos, mirándome. El inesperado cruce de miradas me hace dar un brinco y me sonrojo al sentirme descubierta tan próxima a él. Me pregunto cuánto tiempo llevará despierto y si me ha visto examinar sus heridas.

—¿Dónde estoy? —pregunta con voz cansada.
—En el faro. Te vi tumbado en la arena, inconsciente y te traje aquí para que no te murieras ahogado o de una hipotermia —sus ojos del color de la miel me observan fijamente, dudosos e inquietos mientras yo intento mostrarme serena, sin manifestar mis temores ante él para evitar que se sienta dueño de la situación—. ¿Cómo te encuentras?
—Como si me hubiese pasado un tren por encima… ¿Quién eres? —me mira sin comprender muy bien la situación, parece confundido. En su voz se denota un extremo cansancio y lamentos de dolor.
—Soy Carmen. Vivo en este lugar extraño —echo un vistazo a mi alrededor para mostrarle a lo que me refiero.
—Yo soy Alberto —permanece callado un instante— ¿Vives es este faro?
—Sí, solo llevo aquí unos meses. Es una larga historia… —ahora sabe que todas esas noches en las que se creían solos, no lo estaban— ¿Qué te ha pasado?
—No lo sé, no lo recuerdo —frunce el entrecejo, haciendo un intento por recordar— Me duele casi todo el cuerpo… ¿Tengo muchas heridas?
—Tienes un hematoma en el costado izquierdo y la pierna inflamada, aunque no parece rota, algunos rasguños en el pecho y poco más —eleva la manta ligeramente y mira bajo ésta para comprobar dichas heridas, por lo que también se da cuenta de su desnudez. Me mira preguntando por qué lo he hecho sin necesidad de pronunciar palabra— Lo siento pero tuve que desnudarte para que no cogieras más frío del que habías cogido ya. Estabas empapado y no tenía nada para ponerte, salvo esas mantas…

Nos miramos en silencio un instante, esperando que alguno de los dos diga algo más pero ninguno lo hacemos. Decido ser yo quién continúe con el control…

—Voy a prepararte algo de comer. Debes estar hambriento y necesitas fuerzas para recuperarte.

No dice nada al respecto, me tomo su silencio como aprobación y me encamino hacia la cocina. Tomo aire profundamente, sintiéndome aliviada y comienzo a preparar café, zumo natural y tostadas. Decido llevarle algún calmante por si lo necesita.
Una vez de vuelta en el salón, le ayudo a incorporarse ligeramente en el sofá para que pueda sentarte a comer y acerco hasta él la mesa con la intención de que no tenga que moverse y pueda sentirse cómodo. Yo me siento al otro lado, justo frente a él, y como con él. A pesar de ser dos desconocidos y estar rodeados por un ambiente un poco confuso, no me siento tan incómoda como para tomar más distancia.

—Espero que sea de tu gusto —le digo señalando la comida que he dispuesto en la mesa, mientras le invito a servirse.
—Sigo sin comprender… ¿Por qué no me has llevado al hospital? —pregunta desviando la mirada hacia el café que vierte sobre la taza, como si le diera miedo la respuesta o no estuviera seguro de hacer la pregunta… Intuyo que tal vez, él teme que sea una desequilibrada que quiere aprovecharse de él, o algo similar.
—¿Has visto el tiempo que hace? Sigue habiendo tormenta y tú no estabas en condiciones para desplazarte, ni yo podía moverte sola mientras estabas inconsciente. Además, ni siquiera tengo coche aquí, y ya barca… ni digamos… —le voy explicando el porqué de mi decisión de manera distendida, muy natural, mientras pongo mantequilla en mi rebanada de pan. La verdad es que estoy sorprendida conmigo misma por mi templanza— Simplemente pensé que estando tú inconsciente y herido, con el temporal y sin medios para salir de aquí… lo mejor era protegerte del frío y hacer que entraras en calor para que recuperaras el conocimiento. Una vez recobrado, podrías ser tú mismo quien tomara la mejor decisión —le sonrío amablemente, demostrándole mis buenas intenciones.
—Entiendo. Pues gracias por ayudarme… Supongo que si no llegas a estar tú, aún seguiría tumbado en la playa… —le interrumpo gesticulando con la mano que tengo libre, restando importancia y valor a mi actuación.
—Por cierto… Una cosa que me pregunté cuando fui a buscarte, es cómo habías llegado hasta aquí y por qué estabas solo… Me extrañó mucho no ver a nadie más, alguien intentando ayudarte… y no había barca ni coche… Un poco raro… ¿No?
Nos mantenemos la mirada durante unos minutos. Ambos sabemos lo que estoy preguntando y aunque no lo haga de forma directa, la respuesta que busco sigue siendo la misma. Él ya sabe que nunca estuvieron solos y que existe la posibilidad de que los haya visto cada noche envolverse en pasión cubiertos por la arena y las rocas.
—Bueno, no sé qué es lo que me ha pasado ni porqué estaba solo… ya te digo que no me acuerdo de nada —evita contestar mi pregunta y elude el tema como si no supiese nada al respecto pero no va a resultarle tan fácil. Tengo que saberlo.
—Os he visto. Cada noche —levanta los ojos de su tostada y los dirige hacia mí—. Soléis venir en barcas, no más de dos personas en cada una de ellas, y no todos a la vez. A veces sois más y otras menos. Hombres y mujeres —hago una pequeña pausa por si quiere continuar él pero ante su silencio, continúo—. Tenéis esos… encuentros y luego os vais por dónde habéis venido pero lo extraño es que los días de tormenta, sin luz de la luna, no venís nunca, imagino que por seguridad pero anoche algo cambió… No entiendo qué hacías en la playa tú solo y dónde estaba tu barca… —mi tono de voz es distendido, como si me hubiese acostumbrado a sus visitas y lo tomase como algo muy natural y cotidiano— La verdad es que te vi por casualidad. La tormenta no me dejaba dormir y me asomé a la ventana sin ningún objetivo al que mirar pero la luz de los relámpagos te mostró y al ver que nadie te socorría, decidí ir en tu ayuda. No sé a dónde irían. Yo no vi a nadie, ni tampoco ninguna barca.

Permanece en silencio. No sé si está intentando recordar o buscar en su mente alguna explicación razonable que me sirva o si simplemente está sorprendido. Ni siquiera sé, si debe darme esa respuesta… Quizás solo deba preocuparle cómo salir de la playa o el estado de sus heridas… El hecho de que yo haya sido testigo de sus aventuras, supongo que no tiene mayor importancia salvo por la ausencia de intimidad relacionada con mi presencia y que desconocían por completo. De no ser así, habrían interrumpido dichos encuentros… ¿No? ¿Por qué seguir acudiendo a un lugar que creían solitario, cualidad esencial para ser elegido, cuando realmente no lo es?

—Veo que hemos entretenido tus noches… Espero que hayan sido de tu agrado —sonríe pícaro— ¿Quieres saber qué es lo que hacemos durante esas noches? ¿Qué clase de aventuras se suceden? —ha interrumpido la ingesta y me mira fijamente con gesto travieso y yo automáticamente empiezo a ponerme nerviosa y a plantearme si ha sido buena idea sacar el tema— Tú has querido saber… así que te lo contaré. Por mí no hay problema, lo que no sé es si, tal vez, después de saberlo quieras… —frunzo el ceño temiendo las siguientes palabras y antes de que las pronuncie comienzo a negar con la cabeza— Participar.

Ambos reímos aunque sospecho que por distinto motivo. Yo, por lo equivocado que está si cree que voy a participar en algo así y él, porque sospecha que voy a ruborizarme y se siente juguetón, dominante de la situación. Justo lo que no quería… Ahora no me queda más que oír lo que tenga que decir, ya que he sido yo la insistente e intentar comportarme como una mujer moderna y comprensiva que entiende cualquier relación sexual y lo toma como algo natural. Aunque sé, por lo que he visto, que para mí no es nada habitual por muchas noches que lleve observándolos y a pesar de haberme sentido excitada alguna que otra vez, curiosa por descubrir qué se acontecía entre las rocas y qué clase de placer debían experimentar para venir a un lugar aparentemente desierto, oscuro y peligroso…

Continuará…

¿Qué os ha parecido? ¿Tenéis ganas de descubrir qué es exactamente lo que pasa durante las noches?

¡Pues no os perdáis el siguiente capítulo!

6 comentarios en “«Los visitantes del faro» Capítulo 3

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