«Los visitantes del faro» Capítulo 4

¡Buenos días! ¿Tenéis ganas de saber cómo continúa la novela «Los visitantes del faro»?

Pues, os dejo con el siguiente capítulo.

Aviso: No es apto para menores.

¿Te perdiste el capítulo anterior? Puedes leerlo aquí  “Los visitantes del faro” Capítulo 3

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Capítulo 4

—No es necesario que me cuentes nada. Entiendo que es algo muy personal e imagino lo que hacéis… No soy tonta… —intento aparentar que no me interesa y que no soy ninguna niña, que se sorprende por cualquier cosa. Aun sé lo que es el sexo, aunque no lo practique a menudo.
—Aun así, voy a contártelo. Total, ya prácticamente lo sabes. ¿Qué importa si conoces todos los detalles? —hace una pausa y me mira, estudiando mi reacción. Espera alguna respuesta pero yo me hago la indiferente— Somos un grupo de mujeres y hombres, solteros, que deseamos vivir la sexualidad de una forma completa. Hemos fundado una especie de club, que suelo coordinar yo, y que tiene como esencia, satisfacer los deseos sexuales de sus participantes. Solemos utilizar diferentes espacios, pero nuestros favoritos son los naturales. Es un atractivo más, añade riesgo a la situación. Básicamente, es eso.
—Un club… para practicar sexo… —me encojo de hombros sin entender muy bien el sentido de dicho club pero prefiero no seguir ese hilo de conversación— ¿Y qué tiene que ver eso con lo que te ha pasado?
—Pues no lo sé exactamente, ya que no me acuerdo. Sé que vinimos unos cuantos, porque pensamos que sería más excitante con la tormenta, tuvimos relaciones y… no recuerdo nada más.
—Bueno, quizás te venga a la mente pronto. No te preocupes, lo importante es que estás bien.
—¿No vas a preguntarme nada sobre el club? —me mira desafiante.
—No es de mi incumbencia.
—Hasta hace un momento parecías mucho más interesada. ¿Qué pasa? ¿No te gusta eso del club, eh?
—No se trata de eso. Creo que es demasiado personal…
—¿También pensabas eso cuando nos mirabas por la ventana?

Me mira intensamente con esos ojos marrones brillantes mientras forma una línea con los labios conteniendo una sonrisa. Yo en cambio permanezco seria. Le muestro una sonrisa falsa y decido seguirle el juego.

—¿Por qué siempre venís aquí?
—No siempre venimos aquí. El club está dividido por grupos según las fantasías y se proponen distintos espacios que sean acordes a ellas. Cada grupo elige un sitio por una temporada y luego vamos cambiando.
—Ya… bueno… ¿Vas a tomar algo más o puedo recoger la mesa? —Prefiero desviar de nuevo la conversación, aunque sea solo por un momento. Así me da tiempo de respirar y controlar el color de mis pómulos, que se empeñan en delatar mi timidez.
—No todo el mundo lo entiende —me observa como si supiese lo que estoy pensando—. La poca gente a la que se lo contamos piensa que somos unos desviados o enfermos pero es problema de ellos si no viven la sexualidad como algo natural.
—Bueno, no creo que sea muy justo lo que dices. Todo el mundo no tiene por qué pensar como vosotros y pueden vivir la sexualidad plenamente —permanezco de pie junto a la mesa, sintiéndome insultada y juzgada.
—No estoy de acuerdo. Quien piensa que somos unos enfermos o nos ven como “gente rara” es porque se avergüenza de su sexualidad. Nosotros desarrollamos todas las fantasías que nos son posibles, mantenemos relaciones con quien nos da la gana sin necesidad de saber su nombre siquiera y tenemos experiencias mucho más placenteras que la de un simple misionero. Eso, la gente no suele entenderlo ni tampoco lo ven “normal”. Tú misma te has ruborizado…
—Noooo, yo no… Bueno, es que me parece algo muy íntimo, no sé… Demasiado personal para hablarlo con un desconocido en nuestra primera conversación —comienzo a recoger los platos y vasos de la mesa y me dirijo a la cocina a resguardarme del bochorno que estoy sintiendo.

Cuando vuelvo al salón, me sigue con los ojos mientras estudia mi comportamiento. Puedo advertir cómo escudriña cada gesto, cada mirada esquiva… Yo cada vez me siento más incómoda y el ambiente que nos rodea está tenso y demasiado caldeado. Y esto último no se debe a la intensidad de las llamas de la chimenea, aunque por muy pequeñas que sean, empiezan a antojarse molestas.

—¿Te gustaba lo que veías mientras nos mirabas? Has dicho antes que nos has visto cada noche… ¿Te excitaba? No creo que te resultara molesto, ya que en ese caso no hubieses seguido mirando… —continúa sentado a la mesa y únicamente mueve los ojos para examinarme y seguir mis pasos.
—Me resultó llamativo desde el principio porque no sabía a qué veníais hasta que lo descubrí más adelante. Así que os esperaba alguna noche y os observaba… hasta que supe lo que ocurría —mi voz suena algo insegura y mientras hablo, pienso rápidamente en alguna explicación para mi curiosidad—. Soy escritora y creí que podía inspirarme para mi nueva novela. Los escritores, solemos observarlo todo con ojos distintos. Cualquier cosa es un estímulo y un disparador de historias. Quería comprobar si podía crear alguna historia partiendo de lo que acontecía en las noches.
—¿Eres escritora? —Asiento con la cabeza— ¿Y te hemos ayudado a inspirarte?
—Aún estoy trabajando en ello. No es sencillo…
—Puedes preguntarme todo lo que quieras, tal vez así te ayude.

Mantenemos nuestras miradas un instante. Para suavizar un poco el ambiente, le sugiero que vuelva a la postura anterior para que se sienta más cómodo. Le ayudo a colocarse y así yo me tomo un respiro para recobrar la compostura. No desvía en ningún momento su mirada y su persistente examen me pone muy nerviosa. Ambos sabemos que bajo las mantas que lo cubren, no hay más que una fina tela sobre sus genitales y para ayudarlo a moverse tengo que tocar su cuerpo desnudo sin más remedio, cosa que no ayuda a rebajar la tensión generada. Sé que no voy a librarme de hacer esas preguntas y en cierta medida, prefiero hacerlas ya y comenzar a tratar el plan de salida para trasladarle al hospital.

—Vamos, pregunta. Seguro que tienes muchas en la cabeza.
—¿Qué fantasía desarrolláis aquí? —pregunto sin necesidad de pensarla mucho, ya me rondaba por la mente desde el principio.
—La excitación a ser descubiertos. Además de hacerlo en un lugar natural, con escasa luz y a veces sin saber siquiera con quién lo estás haciendo.
—Pero si sabíais que es una playa desierta, virgen casi. ¿Quién os va a descubrir? —ahueco los cojines del sofá para que esté cómodo y repose la pierna. Con un gesto de la mano me hace saber que se encuentra bien y me siento frente a él, en torno a la mesa, para seguir escuchándolo.
—No se trata de que nos descubran o saber que hay gente mirando, es el hecho de estar en un lugar abierto, público, a riesgo de que alguien pueda verte.
—Ya. ¿Y qué clase de sexo practicáis? Me refiero a si es sexo normal y corriente… o tiene alguna particularidad…
—El club está dividido en varios grupos. Desde los más “recatados”, que quieren experimentar de forma suave y tener fantasías más disponibles pero que no encuentran fácilmente en su vida diaria, como puede ser hacer un trío. Luego están los de nivel intermedio, más atrevidos pero con un límite en sus fantasías. Y por último, el nivel más elevado, que el único límite es el respeto hacia la persona con la que tienes la fantasía. Lo único que está prohibido en cualquier grupo es hacer daño a la otra persona. Después están los límites personales de cada miembro.
—¿Y cualquier persona puede entrar en el club?
—Los requisitos son: que esté soltero o soltera y que esté dispuesto a vivir la sexualidad de manera plena, con sus límites pero sin miedos ni restricciones innecesarias. No puedes formar parte si lo único que quieres es tener sexo en la postura del misionero. Hay mucha gente desesperada por tener relaciones y que con tal de tenerlas están dispuestos a entrar, aunque luego no son capaces de vivir sus fantasías. Solo buscan a alguien con quién acostarse. Igualmente, das o recibes. No todo el placer es para ti mismo, hay que ser generoso o generosa.
—¿Y tú lo diriges? —trago saliva con dificultad. Él va explicando cada detalle con total normalidad pero yo me siento sonrojada y al mismo tiempo, curiosa. Incluso puedo advertir cierta excitación en mi interior.
—Algo así, yo y algún miembro más. Normalmente organizamos las actividades los más veteranos y cuando alguien nuevo quiere entrar, hacemos una pequeña entrevista para comprobar su interés y que cumpla los requisitos mínimos. Igualmente, si tenemos que echar a alguien, lo acordamos entre los miembros más veteranos, que somos los que llevamos en el club más de dos años.
—Vaya… más de dos años eh… ¿Y qué pasa si te enamoras? —Suelta una carcajada y espera a calmarse para responderme. He debido hacerle mucha gracia.
—Perdona… Es que es una pregunta muy habitual. No sueles enamorarte de un miembro del club porque aunque coincidas en muchas fantasías con la misma persona, no compartís nada más que sexo. No hay una conversación, ni una cita, ni conoces detalles de su vida… No aconsejamos vida social externa a las actividades del club entre los miembros para evitar esas situaciones, salvo entre compañeros con los que sepas que nunca vas a tener una fantasía.
—¿Y cómo sabes con quién no vas a tenerlas? ¿Es que puedes seleccionarlas?
—No. Pero puedes incluirlo en tus límites. Por ejemplo, uno de mis límites es no tener sexo con otro hombre. Puedo participar en un trío o una orgía en la que estén pero ellos no me tocan a mí, ni yo a ellos. Pueden participar con el resto de integrantes.
—Ya… y con ellos sí que puedes quedar para un café, vaya.
—Algo así…
—Pues me parece un poco frío. Bueno un poco no… bastante frío…
—No lo es en absoluto. Es lo que la gente suele pensar cuando lo conocen por primera vez pero se trata de hacer realidad tus fantasías y vivir la sexualidad sin tapujos. Para veladas románticas y citas nefastas ya está la vida real.
—¿Y si conoces a alguien que no es del club? ¿Puedes tener relaciones con ella?
—¿Es una proposición?
—¡No! Por supuesto que no… —lo miro con los ojos muy abiertos y me muestro enfadada, ofendida por su insinuación aunque él se ríe. Me levanto y finjo mover los troncos de leña de la chimenea para repartir el calor y suavizar las llamas. Me siento tan insultada que oírlo reír me llena de rabia y necesito ponerme en pie para apaciguarme.
—En ese caso es decisión de cada persona. Puede tener todas las relaciones que quiera fuera del club pero si comienza una relación formal con otra persona, debe comunicarlo y abandonar el club. No queremos problemas de celos ni infidelidades, ni nada similar. Es un club para disfrutar y no queremos problemas de ese tipo.
—Entiendo, pero debe ser difícil de controlar… ¿O es que os vigiláis?
—A veces es complicado, pero normalmente observas un cambio en la conducta del miembro implicado. Es cierto, que a veces tienes que tener cuidado ya que hay mucho listillo o listilla pero al final se acaban descubriendo solos.
—¿Sois muchos?
—Te sorprendería saber la cantidad de personas que desean dejar de reprimir su sexualidad. Cada vez tenemos más solicitantes. ¿Te gustaría participar? Seguro que tienes muchas fantasías por cumplir y con nosotros podrías cumplirlas…
—¿Qué dices? Ni pensarlo… Solo te estoy preguntando por la novela, ¿recuerdas? No me interesa entrar en un club así.
—Ya, claro, por la novela. Imaginaba que eras demasiado “decente y recatada” como para ser miembro de un club como el nuestro.
—No soy recatada. Simplemente no me interesa pero sería capaz si yo quisiera.
—¿Tienes pareja, entonces?
—No, no tengo. Solo tengo tiempo para escribir, o al menos, para pensar en qué escribo. Paso demasiado tiempo sola, delante de un ordenador como para mantener una relación —me siento ofendida e insultada. Entiendo perfectamente todo lo que me ha explicado pero eso no implica que tenga que compartirlo. Él parece algo irónico en sus palabras y también muy persuasivo, intentando hacerme ver de lo que no soy capaz.
—Bueno, al menos te auto proporcionarás placer, ¿no? o ¿Tienes a alguien para eso?
—¿Pero qué estás insinuando? Ni una cosa ni otra. Puedo vivir sin tener relaciones el tiempo que sea.
—Vaya… Es peor de lo que creía. Ni siquiera admites que de vez en cuando te des placer a ti misma. Te avergüenzas de tu sexualidad. Así no avanzaremos nunca en esta sociedad, con gente como tú. Está claro que no serías un miembro adecuado para nuestro club.
—Te estás pasando. No me avergüenzo de nada. Vivo la sexualidad de otra forma pero no por eso es menos válida. ¿Qué pasa, acaso estáis escasos de miembros? ¿No decías que sois muchos? Qué interés tienes en si soy capaz de participar en él o no… Ya te he dicho que lo haría si así lo eligiese yo, pero no porque alguien me insista.
—De acuerdo. Era solo una apreciación, no creo que fueras apta, al menos, de momento. Pero te digo que si es por tu novela, no hay forma más apropiada de conocer la experiencia que viviéndola tú misma. Eso debes saberlo tú mejor que yo, escritora.
—Deberíamos pensar cómo vamos a trasladarte hasta el hospital —cambio el rumbo de la conversación, estoy cansada de sus impertinencias.
—Está bien, el tema queda zanjado. Si más adelante se te ocurre alguna pregunta más solo tienes que hacerla. Para tu libro, me refiero —lo miro y finjo una sonrisa de gratitud—. Respecto a mi traslado, me encuentro bien y el calmante me ha quitado el dolor de la pierna. Creo que lo mejor es que esperemos que el temporal remita y luego veremos cómo lo hacemos.
—Me parece bien. Una vez que amaine puedo llamar a mi hermano para que nos recoja o a quien sea, ya veremos. Supongo que en unos días habrá remitido.
—Pues todo aclarado. Nada de sexo y aplazamos el traslado hasta que se aplaque la tormenta.
—Exacto. Me alegro de que lo hayamos aclarado —lo miro advirtiéndole de que no quiero hablar más del tema y exagero mi expresión de enfado e indignación para que le quede lo más claro posible—. Voy a subir a mi habitación, arriba del todo, si necesitas algo solo tienes que llamarme.
—Me gustaría recuperar mi ropa. Será mejor para los dos que esté vestido.
—Claro. La pondré a lavar ahora mismo y en cuanto se seque te la traeré —asiente con la cabeza, en un gesto de agradecimiento y aprobación.

Subo a mi habitación y me tumbo sobre la cama, escondiendo mi cabeza en la almohada. Me siento avergonzada y confusa. Lo que ha ocurrido ahí abajo hace un momento ha sido… bastante incómodo y tenso. ¿Un club? Pero… ¿Cómo es posible? Quizás me esté mintiendo aunque he de reconocer que tiene sentido después de lo que he estado viendo cada noche. Espero que la tormenta amaine pronto y podamos salir de aquí porque no sé cuánto tiempo voy a soportar la situación… Además, aunque me cueste admitirlo, en algún momento me he sentido tentada… excitada… Y llevo tantísimo tiempo sin tener un orgasmo que no sé si mi cuerpo va a soportar tenerlo cerca y no tocarlo… Ya he sentido el impulso varias veces y en ninguna de ellas me he resistido. He tocado su piel y he mirado la única tela que lo cubre, curiosa por descubrir lo que esconde.

Continuará…

© Todos los derechos reservados.

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?

Aviso: Aunque la próxima semana es Semana Santa, el martes os dejaré el siguiente capítulo, ya que es un día laboral como otro cualquiera. Me iré de descanso a partir del miércoles y la siguiente publicación será a la vuelta de Semana Santa, aunque seguiré escribiendo  para todos vosotros.

¡No os perdáis el próximo capítulo!

5 comentarios en “«Los visitantes del faro» Capítulo 4

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