Relato «Esperé verla pasar»

Buenos días a todos! ¿Cómo estáis? ¿Tenéis ya pensado qué vais hacer el fin de semana?

Imagino que muchos de vosotros tenéis un plan romántico para celebrar el día de los enamorados. Por mi parte, hoy os dejo una historia de amor entrañable que os dejará una sonrisa en el alma, ya estéis enamorados o no. Una bonita forma de comenzar el fin de semana.

Para mí es muy especial y uno de mis relatos favoritos porque nos recuerda que el amor no tiene edad y que hay muchas formas de vivirlo.

Diferente, auténtica, con esa ternura tan especial…

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Como cada tarde, me preparaba un día más. Me había puesto un elegante pantalón negro y la camisa más bonita que tenía, del color del cielo.

Peinaba mis canas con un fino peine casi más viejo que yo, mientras observaba mi reflejo anciano y arrugado. En ese momento siempre me terminaba preguntando si aquel hombre del espejo era una simple visión engañosa, como cuando te asomas a mirar tu reflejo distorsionado en un espejo de circo trucado. Pues aquel anciano de chispeantes ojos azules, no podía ser la imagen de un corazón joven y enamorado.

Desde hacía un tiempo atrás, me sentía lleno de vida y entusiasmo. Tenía la ilusión de un chiquillo y la esperanza de un adolescente atolondrado.
Pasaba los días mirando el reloj, ansiando ver las agujas marcar las seis de la tarde. Entonces, una vez listo y perfumado, me sentaba en mi pequeño porche y simulaba tomar café mientras esperaba verla pasar.

Era una mujer preciosa. Su pelo, del mismo color que el mío, siempre estaba perfectamente peinado, sus ojos de color miel lucían un dulce brillo y su sonrisa era la más hermosa que jamás había visto.

Cada tarde pasaba ante mi puerta, imagino que paseando, ralentizaba su ya lento paso y me dedicaba una sonrisa amplia y pausada. Solo a mí. Me miraba y lentamente deslizaba sus labios y me ofrecía su mejor sonrisa y con aquel gesto me hacía el hombre más feliz del mundo. Mis días giraban en torno a aquel momento y mi vida tenía sentido gracias a esa maravillosa mujer. Nunca habíamos hablado, no sabía su nombre ni si estaba casada pero nada de eso me importaba. Solo quería verla, admirar su sonrisa y saber que cada tarde me aguardaba un dulce instante que convertía mi vida en gratificante.

El primer día, pensé en por qué me sonreía. No la conocía ni la había visto en mi vida, pero su sonrisa provocó una sensación ya desconocida para mí. De repente, me sentí diferente y aquel viejo malhumorado que solía ser desapareció para siempre. Desde entonces, no había día que faltara. Ella sabía que yo estaría allí y no podía decepcionarla.

Pero aquella nueva tarde, todo cambió. Esperé verla pasar hasta que se puso el sol. Salí a la calzada y mire hacia ambos lados, pero no estaba. Me invadió la tristeza pero quise pensar que tal vez se adelantó y cuando yo me senté frente a la acera, ella ya había pasado. Pensé en la enorme desilusión que debió sentir si era realmente así lo sucedido e imaginar su dolor me hizo no dormir durante toda la noche.

Al día siguiente, me senté en el porche una hora antes y me retiré a descansar bien entrada la noche pero ella siguió sin aparecer. Comprobé el funcionamiento de cada reloj de la casa y cuando vi que todo estaba correcto, me dediqué en la oscuridad de la noche a rezar al señor para que no se la hubiese llevado.

Al alba, decidí pasar el día en el porche. Apenas pude comer, y las horas pasaron frente a una taza de café vacía acompañando a un anciano bobo con el corazón triste y roto. Aquella tarde decidí que si volvía a verla iría hasta ella y le preguntaría el porqué de su ausencia. La invitaría a pasar y le serviría un café caliente o un té, lo que ella quisiese.

Con la primera luz del siguiente día, movido por un resquicio de esperanza y una poca de fe, preparé una jarra de café, la llevé conmigo al porche y contemplé el amanecer. Puse dos tazas sobre la mesa y esperé para servirlo. Cada vez que la jarra se enfriaba, iba a la cocina y mientras vigilaba por la ventana preparaba una nueva sabrosa taza. Quería que si llegaba, el café fuera real y que estuviera recién hecho. Así pasé el día, con mis idas y venidas, pero sin perder la calle de mi vista.

Cuando se aproximaba la hora, comencé a sentir cada golpe de latido contra mi pecho. Abrí los ojos tanto como pude temiendo que sin darme cuenta cayese rendido en un ligero sueño. El café, humeante, esperaba igualmente ansioso que alguien, por fin, sintiese su sabor en los labios. Y como magia del caprichoso destino, empecé a vislumbrar una sombra que avanzaba lenta y dubitativamente. Emocionado ante la posible nueva oportunidad recorrí el estrecho espacio que nos separaba y junto a la cerca esperé anticipando su llegada.

Allí estaba de nuevo, más bella que nunca, buscándome con la mirada, temerosa de no encontrarme. En esta ocasión su sonrisa fue aún más amplia, sorprendida de verme allí en pie y no sentado. Me armé de valor.

—He estado esperándote estos días. Pensé que no volvería a verte.
—Lo siento. Estaba muy cansada y necesitaba recuperarme. Quería venir a verte pero me sentía exhausta y…
—¿Es que estás enferma? —le pregunté sin dejar que terminara de explicarse.
—No… es que cada día tengo que andar casi tres kilómetros para pasar a verte y después de tantos días viniendo, me encontraba muy cansada. Además, la verdad es que me sentía una vieja tonta…

Yo sorprendido y embelesado por su dulce voz y su natural belleza, me quedé perplejo mirándola, preguntándome cómo aquella mujer podía recorrer tan largo camino solo para verme a mí allí sentado. Pensaba que era yo quién la miraba y que ella solo paseaba.

—¿Por qué dices que te sentías una tonta?
—Por venir hasta aquí solo para verte sonreír. El primer día estaba paseando y me despisté, sin darme cuenta llegué muy lejos y te vi. Siempre eres tan huraño… pero ese día te vi sonreír, por primera vez y decidí venir cada día.

La observé en silencio, sin poder pronunciar palabra. Ella me conocía, en la versión del anciano esquivo y yo ni siquiera había reparado anteriormente en ella. Como podía… pero entonces me acordé del café y de la firme decisión que había tomado.

—¿Por qué no pasas y te invito a un café? Así descansas.
—Pensaba que nunca me invitarías.

Extendí mi mano y ella posó la suya. Fue un contacto perfecto, único y extraordinariamente bello. Desde aquel día, juntos tomamos nuestro café cada tarde. No tuvimos la necesidad de volver a simularlo.

Fin.

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?

Me encantaría saber vuestra opinión.

 

 

 

4 comentarios en “Relato «Esperé verla pasar»

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