Relato: “Hilos rasgados”

¡Buenos días! ¿Qué tal los planes para Semana Santa? ¿Tenéis pensado salir de viaje?

Espero que disfrutéis de cualquier plan que elijáis.

Hoy, os traigo un relato muy especial. Los personajes y su historia forman parte de la novela en la que estoy trabajando. Lo que os narro en este relato es un pequeño apunte de la historia que compartieron Lucía y Tomás, la cual, les llevará a situarse en el punto en el que se encuentran en el momento presente dentro de la novela.

De esta forma, cuando la tengáis en vuestras manos y aparezcan ambos personajes, ya sabréis algunos detalles de sus vidas y os será más fácil entender por qué se comportan de la forma en la que lo hacen.

No será el único relato así que publique. Os iré informando cada vez que os muestre un pedacito de las vidas de los personajes.

Espero que sea de vuestro agrado y os animéis a conocer poco a poco a los protagonistas.

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“Hilos rasgados”

Nunca pensé que todo lo que yo consideraba como una ventaja y que formaban los hilos que nos unían, podía convertirse sin previo aviso en lo que rasgaría aquello que durante tanto tiempo habían unido. Sin embargo, eso era lo que estaba a punto de ocurrir.

Había pasado toda la tarde, preparándome para una cita muy especial con Tomás, el hombre con el que compartía mi vida desde hacía más de dos años. Me pidió que aquella noche saliéramos a cenar para celebrar algo muy importante que me contaría una vez estuviéramos en el restaurante. Yo, ilusa y soñadora, comencé a imaginar un sinfín de posibilidades que podían merecer tal celebración. No sé por qué, pero di por sentado que aquella noticia sería un paso hacia delante en nuestra maravillosa relación.

Enamorarte del hermano de tu mejor amiga, con quienes has crecido y formado tu otra familia, es siempre algo inesperado. No piensas que eso vaya a pasar jamás, porque cuando lo miras lo haces con un cariño en tus ojos que crees que no podrá convertirse en ese amor que tanto sueñas. Pero un día, sin esperarlo, te encuentras a solas con él y sin saber muy bien cómo, compartís confesiones e intimidades, lloras de risa, os abrazáis, permanecéis tan cerca el uno del otro que casi sois uno… y sin daros cuenta unís vuestros labios y os dais el mejor beso de toda vuestra vida.

A partir de ese momento, compartes tu vida con alguien que es mucho más que un sueño y aunque haya sido inesperado, es tan alucinante que vives en un estado de ensoñación constante, ajena a cualquier imprevisto que pueda hacerte tornar a la cruel realidad. Cómo iba a imaginar lo que estaba por acontecer…

Llegué al restaurante cargada de ilusiones y expectativas. Sentado a la mesa, estaba él, tan guapo y excitante como siempre. Podía ver el brillo de sus ojos desde la distancia y sin siquiera acercarme, me contagié de su notable agitación. Emocionada, me senté a la mesa esperando que él comenzara a pronunciar esas palabras que yo tanto esperaba.

—No vas a creerte lo que me ha pasado hoy —anuncia con una gran sonrisa, mientras toma mi mano y la acaricia cariñosamente.
—¿No pretenderás que lo adivine, verdad? —pregunto, animándole a que me cuente eso tan especial que le hace tan feliz.
—Pidamos primero una botella de vino. Quiero poder brindar contigo cuando te lo diga —busca con la mirada al camarero y sin soltar mi mano le hace una señal para que se acerque hasta nosotros.

Pide una botella de vino tinto, más cara de lo habitual y en mi interior comienza a crecer una emoción inigualable que consigue erizar el vello de mi piel. Una descarga nerviosa recorre cada célula de mi cuerpo y puedo sentir cómo mi corazón golpea a ritmo de latido contra mi pecho, henchido de felicidad.
Esperamos ansiosos, sin borrar la sonrisa de nuestros labios y con nuestras manos aún unidas, hasta que el vino es servido en nuestras finas copas de cristal. Me acerco ligeramente a la mesa, incitándole a hablar, acortando el espacio que nos separa.

—Me voy a Nueva York —dispara las palabras como si fueran flores que me agasajan, totalmente ajeno al vacío que acaba de producirse en el centro de mi pecho.
—¿Cómo dices? —frunzo el ceño sin comprender a qué se refiere y por qué le hace tan feliz.
—Me han otorgado una beca para estudiar un máster en Nueva York. Es muy importante ya que es dificilísimo que te la concedan y además es un máster muy reconocido.
—¿Habías pedido una beca? —no doy crédito a lo que estoy escuchando pero de repente todas esas emociones y vibraciones que sentía recorrer por mi piel han desaparecido, dejando paso a una extraña y fría sensación que me ahoga desde el interior de mi alma. Suelto su mano y me separo de la mesa, ampliando el espacio entre nosotros.
—Sí. No te dije nada porque casi nunca la dan, es tan difícil que ni se me pasó por la cabeza que me aceptarían. ¿Para qué iba a decirte nada?
—Pero… ¿Cómo vas a irte a Nueva York? Y para un máster, ¿Cuánto tiempo? Eso pueden ser años… Yo… No entiendo nada… —me tiembla la voz y las lágrimas empiezan a inundar mis ojos.
—Mi vida, escúchame. Siempre hemos estado de acuerdo en lo importante que es nuestro futuro profesional —me mira esperando alguna respuesta. Asiento con la cabeza aunque en este momento no sé si estoy de acuerdo—. Esta beca es una oportunidad única en la vida y si la desaprovecho me arrepentiré siempre. ¿Sabes lo que significa estudiar un máster de ese tipo en Nueva York?
—Sí, Tomás, lo sé. Me imagino que será único y especial y te brindará muchas oportunidades pero también será definitivo para nosotros, nos separará. ¿No te das cuenta? Si te vas, nuestra relación se acaba —mi tono de voz comienza a alterarse y da paso al enfado. Me siento ofendida por no sentirme atendida en su decisión. No ha tenido en cuenta nuestra relación.
—Eso no va a pasar. Yo también me lo he planteado pero… lo tengo todo pensado. El máster dura año y medio, más otro año de prácticas. He pensado que si quieres puedes venirte conmigo e intentar trabajar allí y si no pues podemos viajar tanto como nos sea posible… Mantendremos la relación, aunque sea a distancia, hasta que termine el periodo de la beca y luego todo volverá a ser como ahora o incluso mejor —habla deprisa, excitado, intentando convencerme de algo que no tiene cabida.
—Tomás, ¿Qué dices? ¿Cómo quieres que me vaya a vivir allí? Tengo un buen empleo aquí, que me encanta y en el que espero progresar. Allí no tengo nada, no podría quedarme legalmente… Además, ¿Qué crees, que voy a llegar y encontrar trabajo tan fácilmente? No puedo irme contigo… Y viajar… ¿Cuántas veces vamos a vernos al año? ¿Has pensado en eso? Cada uno tendrá sus planes y su vida y no podremos estar constantemente viajando. No te vas a la otra punta del país, te vas a otro continente… Acabaremos perdiéndonos… —le miro incrédula y dolida por no pensar en nosotros y creer que una beca es más importante que nuestra relación.
—Lucía, va a salir bien. Confía en mí. No me pidas que renuncie, sabes que eso también acabaría con nosotros… Siempre hemos estado de acuerdo en progresar en nuestras carreras. Nos prometimos que nunca renunciaríamos a nuestra vida personal en pro del otro o de la propia relación.
—Sí, pero cuando nos hicimos esa promesa, nunca pensé en algo así. Hablaba de no renunciar a nuestro tiempo a solas, a nuestros amigos, a no ceder nuestros sueños… pero siempre en beneficio de nosotros… Era por nuestro bien, no para acabar separándonos… —inevitablemente, rompo a llorar y me levanto de la mesa. Estoy tan dolida que no puedo mirarlo ni tenerlo cerca. Necesito marcharme y pensar tranquilamente, lejos de él.

Mis expectativas e ilusiones se quedaron atrás, justo en el espacio que dejé libre al levantarme, pisotedas y hechas añicos. El vacío de mi interior se hacía cada vez más grande y sentí caer en el abismo.

Unos días más tarde, tras reflexionar y meditar mucho mi decisión, elegí dejar que aprovechase la oportunidad que se le presentaba. No podía pedirle que renunciara a algo tan importante para él ya que yo misma no lo haría y además eso nos traería problemas en un futuro en forma de reproches. Si él apostaba por intentar mantener nuestra relación, yo debía intentarlo también, al menos así no me quedaría siempre la duda de qué podría haber pasado… No podía dejar un empleo estable y que adoraba por marcharme a otro país, del que no sabía qué esperar. Si me iba con él, tal vez no encontrara trabajo allí y me viese obligada a regresar después de haber renunciado a mi puesto. No podía cederlo yo todo porque probablemente me arrepentiría y quizás fuese yo, quién en un futuro, le reprochase a él o a mí misma haber renunciado a mi propia vida.

Viajaríamos cuanto nos fuese posible e inventaríamos la manera de seguir queriéndonos. Sólo esperaba que algo que siempre nos había unido tanto, no acabase separándonos irremediablemente.

Fin

© Todos los derechos reservados.

¿Qué os ha parecido? ¿Queréis saber más sobre Lucía y Tomás?

En mi próxima y primera novela, podréis saber más de ellos.

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