Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1

¡Buenas tardes! ¿Qué tal estáis?

Como ya os dije la semana pasada, hoy empezamos una nueva historia a través de los personajes de la novela corta; “Una aventura de mucha tinta”.

El pasado martes, os dejé la sinopsis  de esta apasionante aventura y tras una semana de espera os traigo el primer capítulo. ¿Tenéis ganas de sumergiros en esta nueva historia?

Pues adelante, solo tenéis que comenzar a leer.

agujatatuaje

Capítulo 1

—Ana, Ana —me golpea con el codo Isabel, intentado sacarme de la ensoñación en la que me he perdido abstrayéndome de la realidad. Giro la cabeza para mirarla y hacerle saber que he sentido sus golpes aunque aún esté sumergida en mi imaginación—. ¿Has entendido todas las cláusulas del acuerdo? —me limito a afirmar con un movimiento de cabeza— ¿Estás segura? ¿Quieres añadir algo o hacer alguna pregunta?

—No. Está todo aclarado —contesto mientras fijo la vista en los ojos de quien acaba de convertirse en mi exmarido.

Intento traspasar su mirada y llegar hasta su alma, a ese corazón que antaño palpitó por mi amor y que seguramente, ahora esté acelerado por la emoción de romper nuestro lazo de unión. Pero apenas puedo atravesar su pupila, que dilatada por la excitación, parece querer impedir que adivine lo que se esconde tras ella. Fríos como el hielo, ajenos a mi dolor, sin dar siquiera una mísera muestra de aflicción. Como si no hubiésemos compartido veinte años de nuestra vida y criado juntos a nuestra maravillosa hija.

Después de tanto tiempo y tantas vivencias… Aquí está, tan tranquilo… como si no pasara nada… Dispuesto a terminar con todo sin importarle nada más que sus propios sentimientos y su nueva vida. No sé cómo no me he dado cuenta, cómo no lo advertí…

Mantengo mi mirada sobre la suya con la intención de descubrir algún signo de  dolor o al menos entender por qué está pasando todo esto pero evita mi mirada, intimidado por mi insistencia, aparta sus ojos, incómodo ante mi interrogatorio silencioso.

No hay palabras de consuelo ni de lamentos, ni siquiera gritos o palabras de reproche. Los dos permanecemos en silencio y dejamos que nuestros abogados arreglen todo lo concerniente a nuestra separación definitiva. No he tenido el valor de representarme a mí misma, demasiados sentimientos con los que lidiar como para ejercer mi mejor defensa. No he permitido que el proceso se alargue, facilitando el camino para llegar al mejor acuerdo posible y acabar con todo cuanto antes.

Mi corazón palpita afligido contra mi pecho, despacio, como si estuviese frenando su ritmo ante la inminente ruptura. Una parte de mi corazón se detiene, muerta, tras la  quiebra de un amor por el que ya no tendrá que volver a palpitar. La presión de mi pecho aumenta progresivamente ascendiendo hasta el comienzo de mi garganta, ejerciendo sobre ella tanta fuerza como una gruesa cuerda que impide el paso del oxígeno necesario para respirar. Me ahogo. No siento más que las punzadas del dolor que me asfixia. Como si mi cuerpo no estuviera presente, abstraída en algún lugar de mi mente… Me he dejado llevar por la imaginación, deambulando por un pasado que hasta ahora lo creía también presente, y un futuro que ya no existe. Al menos, no con él. Ya no habrá más “juntos”.

Isabel desliza el documento hacia mi lado, colocándolo justo delante de mí. Me ofrece su elegante y delicada pluma para que selle con mi firma y deje constancia legal de que dónde hubo amor ya no quedan ni las cenizas. La tomo en mi mano y mientras me acerco al papel pienso en la cantidad de veces que he estado al otro lado, explicando a mis clientes los acuerdos convenidos mientras me sentía  muy lejos de su agonía… Qué inocente e ilusa… Tantos años llevando divorcios y trabajando con el desamor de otros en mis manos, y no me he dado cuenta de cómo iba generándose el mío propio.

Y así, en un segundo, plasmas las líneas de tinta que sellan el final de una historia que habéis construido juntos hasta el momento y que ahora pasará a formar parte del recuerdo.

Se levanta el primero de la mesa, impaciente por acabar con este mal trago que parece incomodarle más de la cuenta. Acelerado, pasa por mi lado y con una simple sonrisa triste, sutil, me mira despidiéndose de mí. Como si no tuviera palabras que decirme, ni sentimientos que afrontar, se marcha con esa mirada de indiferencia y expresión forzada, intentando aparentar comprensión y empatía aunque sin demasiado resultado. Cierro los ojos un segundo cuando me da la espalda. Al oír el golpe de la puerta que se cierra tras su partida, libero la lágrima contenida y permito que  descienda por mi rostro, libre.

Subo al coche y conduzco sin saber hacia dónde dirigirme. No quiero volver a una casa vacía y oscura. Aunque hace tiempo que sus pertenencias ya no están, el espacio vacío que han dejado me resulta demasiado grande en este momento.  Nadie estará esperándome cuando llegue y la mesa del comedor será vestida para un solo comensal. La soledad es demasiado abrumadora para mi frágil y desgarrada alma. Necesito relajarme y liberar todas las lágrimas reprimidas. No tengo a nadie con quién llorar. Mi hija, está en otra ciudad y además, no es la persona adecuada para oír mis lamentos. Mis amigas son demasiado felices para entender mi sufrimiento. Todas felizmente casadas, ajenas al dolor de una separación obligada.

Decido conducir sin más, sin destino ni propósito. Dar vueltas hasta sentirme tan cansada y debilitada que sea incapaz de mantener la vista sobre el volante. Mientras tanto, lloro desconsolada en la intimidad de mi coche, sintiéndome a salvo de cualquier mirada hiriente. Mis lamentos son tan  fuertes que incluso a mí me molestan, subo el volumen de la música para no tener que oír mi propia pena. Dejo que mis lágrimas broten a su antojo sin siquiera tomarme la molestia de enjugarlas. Mis hombros suben y bajan al ritmo de mis sollozos, a compás de la balada romántica y triste que sale de los pequeños altavoces. Acompaño cada agudo con un quejido, a modo de coro, aprovechando su fuerte voz  para ocultar la mía. Mi mente continúa en ese mundo paralelo del recuerdo y el reproche. Pienso cómo no pude darme cuenta, cómo he estado tan ciega… Creyendo que todo nos iba bien, que éramos felices.

Desde que oí por primera vez aquellas palabras que salían de sus labios, confesándome que su amor estaba agotado, finito. Aquellos labios que minutos antes había besado al llegar a casa, esos que ahora se despedían de mí para siempre. Desde aquel momento, me he sentido muy sola y no porque él me haya dejado, sino porque nadie parece comprenderme. Cómo te adaptas a un mundo que durante toda tu vida has experimentado en pareja, y dónde ahora debes caminar tú sola, sin la mano de nadie como sustento…

No sé el tiempo que llevo conduciendo pero advierto que demasiado. Comienzo a mirar por las ventanas para intentar descifrar dónde me encuentro. No soy capaz de distinguir nada. Es de noche y todo está muy oscuro, solo la escasa iluminación de la carretera guía el camino. No hay edificios ni luces de restaurantes, bares u hogares. Todo es muy sombrío y solitario, no hay más coches circulando ni peatones caminando. Estoy demasiado desorientada.

Continúo conduciendo con la intención de encontrar algún cartel o señal que indique dónde estoy. Avanzo despacio mientras miro a mi alrededor buscando algún indicio de vida, hasta que me parece distinguir alguna clase de luz al final de la calle en la que estoy. Es la luz de neón amarilla del rótulo del único bar de toda la zona. Se puede oír el sonido de una música atenuado por las puertas cerradas, aunque el silencio de la noche permite que se distinga el tono de la música que suena. Alguna canción de estilo roquera, alegre y potente. Puedo distinguir el murmullo de las voces y el eco de las risas. Junto a la puerta del local, hay coches y motos aparcadas. No sé qué clase de bar es, ni qué tipo de gente puede haber en su interior. Si soy sincera, el lugar no me inspira plena confianza ni mucha seguridad. Las calles están desiertas y en la absoluta oscuridad. Estoy rodeada de naves y locales vacíos, y esta es la única luz que he encontrado hasta el momento, donde parece haber un rastro de vida.

Empiezo a sentir la necesidad de ir al baño y me planteo la posibilidad de entrar en ese bar recóndito. Qué puede pasarme, me pregunto. Bueno, puede que muchas cosas o tal vez nada pero no lo sabré si no entro. Me miro en el espejo interior del coche y con un pañuelo me limpio el rímel que tengo alrededor de los ojos, adecentando ligeramente mi apariencia. No me maquillo los labios ni corrijo alguna que otra imperfección causada por las lágrimas. No quiero llamar la atención. Compruebo mi pelo y aliso con las manos las pequeñas arrugas de mi falda de tubo y de mi camisa de seda.

Bajo del coche y decidida a llevar a cabo mi plan, camino hacia la puerta del bar. Empujo la puerta de hierro, que chirría ligeramente al abrirse y doy un paso hacia delante. Echo un vistazo rápido al interior. La barra, frente a mí, está aparentemente desatendida. No hay camareros tras ella. Sentados junto a ésta, una pareja se susurra algo al oído mientras él desliza su mano por el muslo derecho de su acompañante. Un grupo compuesto por siete hombres con largas barbas y brazos completamente tatuados beben cerveza y charlan animadamente en torno a un barril que ejerce de mesa. A mi izquierda, varias mujeres, sin barba pero sí tatuadas ríen al unísono mientras beben sentadas alrededor de una mesa baja de madera envejecida. A mi derecha, una mesa de billar en la que nadie juega y tras ésta una puerta con la palabra aseo escrita transversalmente a lo largo de la puerta con tinta roja.

Todo el mundo se gira para mirarme. Puedo ver en sus caras la sorpresa de mi llegada. Me siento intimidada y fuera de lugar. Por un momento me quedo parada en el umbral de la puerta sin saber qué hacer. No parezco del todo bienvenida aunque nadie se dirige a mí, tan solo me miran extrañados, sorprendidos. Decido que es mejor continuar e intentar actuar con cierta normalidad. Comienzo a caminar en dirección a la puerta señalizada como el aseo, hasta que mi camino es interrumpido por uno de los hombres que charlaban en torno al barril. Se sitúa frente a mí, frenando mi paso. Desliza sus ojos castaños desde mis pies hasta mis ojos y se detiene en ellos mirándome fijamente con el ceño arrugado, preguntándose posiblemente qué se me ha perdido en un lugar como éste.

Continuará…

© Todos los derechos reservados.

¿Qué os ha parecido? ¿Queréis saber más? ¡Pues no os perdáis el siguiente capítulo!

Os espero el próximo martes.

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