Una aventura de mucha tinta. Capítulo 3

¡Buenos días! ¿Habéis tenido lunes festivo en vuestra comunidad?

Para muchos, comenzamos la semana hoy martes y qué mejor forma de empezarla que con un nuevo capítulo de la novela “Una aventura de mucha tinta”. ¿No os apetece saber cómo continúa?

¿Te has perdido algunos de los capítulos anteriores? No te preocupes, solo tienes que pulsar sobre el enlace correspondiente: Novela corta: Una aventura de mucha “tinta”.  Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1   Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2

 

agujatatuaje

Capítulo 3

—Me conformaría con encontrar alguna respuesta, aunque no sea la que busco —respondo mientras levanto el vaso que sostengo en mi mano y lo dirijo hacia mi boca.

—Entiendo —hace una pausa mientras me observa y espera a que termine de dar el trago—. Aunque a veces, lo mejor es aceptar lo que haya pasado y seguir adelante. Encontrar una respuesta no siempre nos alivia el dolor. Es más, creo que puede llegar a ser peor.

—¿Y por qué crees eso? —continúo dando sorbos a mi whisky, ansiando que mitigue el fuerte dolor que siento.

—Porque a veces las respuestas pueden hacerte sentir culpable y en la mayoría de los casos no solucionan ni ayudan en nada. Solo hay que aceptarlo y avanzar.

Ahora soy yo quién lo mira mientras bebe de su copa y me pregunto qué situación habrá vivido él para dar esa clase de consejo. Parece tan seguro cuando habla…

—Aceptarlo, ¿eh? —sonrío irónicamente y acabo mi bebida. Deslizo el vaso por la barra para indicarle al camarero que vuelva a servirme lo mismo—. ¿Sabes lo que no puedo aceptar e intento entender una y otra vez? —permanece en silencio, esperando que prosiga—. ¿Cómo no me di cuenta de lo que estaba pasando? Porque vivo con ello cada día, es lo único que hago… ¿Y teniéndolo tan cerca, dedicándome a ello no fui capaz de verlo? Es absurdo.

—No sé si te sigo…

Giro mi cuerpo hacia el suyo y lo miro de frente, como si una mirada más directa y cercana pudiese transmitirle todo lo que está pasando por mi cabeza en este momento.

—Soy abogada, especialista en divorcios. Llevo dedicándome a ello media vida y he llevado cientos de casos… Gano dinero con el desamor de los demás, sabes… Pero, ¿He sido capaz de ver cómo mi propio matrimonio se deshacía un poco cada día? —Callo un instante y sonrío sarcástica mientras él sigue escuchándome en silencio— No. No he sido capaz. Un día llego del trabajo y me dice que ya no está enamorado y que quiere el divorcio. Así, sin más. Nada de intentos imposibles para arreglar lo que supuestamente, está roto en mil pedazos. Sin más oportunidades —tiendo el brazo que me queda más cerca de la barra y busco mi vaso, dándole un largo sorbo que casi termina con todo el líquido de su interior.

—No te castigues por ello, no es tu culpa. A veces cuanto más cerca tenemos algo, más nos cuesta verlo… Que seas abogada matrimonialista no significa que tengas que predecir todos los divorcios…

—Quizás no todos, pero sí el mío ¿No crees? —me siento tan enfadada conmigo misma, irritada y exhausta por no haberlo  previsto que casi no puedo ni soportarme a mí misma. Solo quiero beber hasta perder el conocimiento y así no encontrarme tan incómoda siendo yo.

—No. No lo creo. Debe ser mucho más difícil intuir tu propio divorcio, sobre todo si no eres tú quien da ese paso. Si sigues enamorada y eres feliz, probablemente seas incapaz de ver que el otro ya no te quiere. Supongo que es una forma de protegernos, no queremos ver aquello que nos hace daño.

Lo observo atónita. Habla como si contase su propia experiencia. Sabe lo que dice, no son figuraciones ni ejemplos de situaciones generales… Lo que dice es porque lo ha vivido. Puedo advertirlo no solo a través del sonido de su voz, sino también en sus ojos. Tan transparentes y claros, con tanta luz que es imposible no ver la verdad en ellos. Parecen tan sabios y experimentados… Unos ojos, que han aprendido a observar la vida desde un enfoque distinto. Imagino que tras haber visto el dolor y la amargura propia.

Si me acerco un poco más puedo ver mi reflejo en ellos. Veo una mujer destrozada, hecha pedazos y desconsolada. Ni el maquillaje más resistente, ni el peinado más elegante pueden esconder la evidencia del sufrimiento. Las lágrimas siempre se abren paso ante la necesidad de extraer el asfixiante dolor. Desesperación y culpa es lo que me devuelve mi reflejo en su mirada… Será lo que él ve de mí también.

La vergüenza de ser quién soy en este momento solo me lleva a continuar bebiendo para olvidar y no ser consciente  de la imagen que ofrezco. A saber qué pensarán de mí toda esta gente a la que no conozco de nada… y por qué este hombre con ese aspecto tan rudo y salvaje se ha acercado hasta mí con la intención de… ¿Consolarme? ¿Por qué va a importarle lo que me pase? Si no me conoce… Qué más le da si sufro…

Yo sigo desahogándome. Le cuento mis penas y lo desgraciada que soy por haber sido abandonada por un marido al que quería con locura y con el que soñaba compartir el resto de mi vida. Por haber sido incapaz de ver cómo el desamor llamaba a mi puerta y que sus besos cada vez eran más fríos y distantes… Por no poder mirar a los ojos a mi hija y explicarle lo que ha pasado entre nosotros. Por ser la única mujer de mi círculo de amigas que está divorciada, por sentirme fuera de lugar, diferente y tan culpable…

No me importa ya si se me escapa alguna lágrima mientras le narro cómo se ha desmoronado mi vida, ni mostrarle ese lado amargo de mi ser… Me da igual si un desconocido piensa que soy patética mientras me consuela por pena o simple solidaridad… Solo hago lo que necesito en este instante, que es extraer de mi interior todas las emociones que oprimen mi pecho para poder respirar de nuevo.

—¿Y tú cómo sabes tanto del amor? ¿Has roto algún corazón o te lo han roto a ti? —mi curiosidad por saber de qué experiencia proceden sus consejos ha ido en aumento a medida que yo iba detallando mis calamidades y escuchando sus sosegadas sugerencias, sin mostrar ni un ápice de venganza o indignación.

—Eso da lo mismo. Seas tú quién lo rompe o al que se lo han roto, siempre acabas herido de alguna forma.

—No, no, no. En eso no estoy de acuerdo. El que se atreve a romperlo es el que menos sufre… No puedes decirme que siente lo mismo quién clava el puñal que quién recibe el golpe —mi voz empieza a diluirse a causa del adormecimiento que empieza a producirme la bebida. Aunque aún puedo unir las palabras y hablar con cierta racionalidad, tengo que hacer un esfuerzo por vocalizar correctamente cada sílaba, simulando un estado de sobriedad  que realmente desapareció tras la primera copa bebida.

—El que clava el puñal, como tú dices, puede que lleve meses sufriendo por estar con alguien a quien no quiere y no saber cómo decírselo. Imagina estar en una relación que no avanza, en la que no estás a gusto y de la que quieres salir como sea pero ves a tu pareja cada día volcada en algo que para ti ya no existe, entregándose como el primer día, demostrándote constantemente su amor… ¿Cómo le dices que ya no la quieres? También sufres por ello porque la has querido… y te duele hacerle algo así… Pero, qué puedes hacer… ¿Sigues con ella porque no te atreves a ser sincero o por no hacerle daño? Lo mejor es quitar la tirita de un solo tirón. Mucho menos doloroso. Aunque eso no significa que la decisión se haya tomado igual de rápido, ni que el dolor sea tan pasajero como cuando arrancas la tirita.

Perpleja ante sus palabras y su punto de vista, termino otra copa más y lo miro en completo silencio, con la boca semi abierta ante la sorpresa de su respuesta. No me había parado a pensarlo de aquella manera, aunque no estoy del todo segura de si esa forma de valorar la situación resta culpa a quién acaba clavando el puñal… Me pregunto si esa es la situación que él ha vivido.

Permanecemos en silencio un momento, mientras espero que el camarero se gire hacia mí para pedirle una copa más. Miro hacia su vaso, aún con un dedo de líquido en su interior e intento recordar cuántas copas ha bebido él mientras yo mezclaba mis lágrimas con el amargo whisky. No sé cuántas han sido pero creo que no me equivoco si cuento más a mi favor. Probablemente hoy haya bebido más que nunca, incluso más que el día de mi boda.

¿Cuándo se bebe más; por tristezas o alegrías? Yo creo que por tristezas…

—Tal vez deberías dejar de beber —interrumpe el vaivén de mi mente.

—Puede… pero qué más da —levanto ligeramente el vaso de la barra y hago chocar los cubos de hielo para llamar la atención del camarero y así, éstos dejen de sonar amortiguados por el líquido en el que serán sumergidos.

—Hombre, ya solo quedamos nosotros e imagino que el dueño del local querrá irse a casa a descansar.

Miro a mi alrededor para comprobar lo que dice y efectivamente, todo el mundo se ha ido. Incluida la pareja de la barra. ¿Cómo no me he dado cuenta? ¿En qué momento nos hemos quedado solos?

Empiezo a darme cuenta de lo incapacitada que estoy para levantarme del taburete en el que estoy sentada y dirigirme al coche. Pienso que tengo que conducir hasta llegar a casa y ni siquiera sé dónde estoy, ni cómo llegar a algún lugar conocido. Comienzo a valorar que he bebido demasiado, he perdido el control y ahora no sé cómo voy a salir de esta situación. No sé si tengo más ganas de llorar o de reírme.

Vuelvo a mirarlo y entonces me doy cuenta de que él sigue aquí, conmigo.

—¿Por qué no te has ido? Supongo que vendrías con alguien… ¿Por qué te has quedado conmigo? —miro sus ojos translúcidos con el ceño fruncido, intentando atravesarlos y desvelar la verdad que hay en ellos.

—Porque así lo he querido —me sonríe, mostrándome por primera vez en toda la noche, unos dientes blancos y una sonrisa amplia y hermosa. Me quedo embobada mirando su boca e incluso me parece ver un destello de luz en ella, cual, guiño de película a falta del típico timbre que lo acompaña. Me pregunto si me habré desmayado y estaré soñando o simplemente estoy teniendo algún tipo de visión o alucinación—. Vamos, voy a llevarte a casa.

Tiende su mano para que apoye la mía y me deje guiar por ella. No lo dudo. Puede que me esté equivocando pero aunque parezca extraño, confío en él. Es más, creo que ahora mismo, es en la persona que más confío. Pongo mi mano sobre la suya con total tranquilidad y me dejo llevar sin ninguna clase de resistencia o condición. No sé a dónde me lleva ni si es del todo seguro… Quizás me lleve hasta el coche y se desentienda de mí… Total, no tiene por qué ocuparse de alguien a quién no conoce de nada… No soy su responsabilidad. Aunque, sé que no es eso lo que va a pasar. Va a llevarme a un lugar seguro, dónde pueda descansar, dormir y olvidar mis penas…

Me ayuda a levantarme del incómodo asiento y coloca su brazo alrededor de mi cintura para evitar que me caiga. El contacto resulta muy agradable y el calor que desprende su piel reconforta la molesta sensación que produce el vello erizado de mi piel. Me dejo llevar y lo sigo hasta la salida del local, abandonando mi cuerpo a su merced. Soy incapaz de tomar el control y no me molesto en aparentar lo contrario. Permito que me proteja y me ayude.

—Está bien… Tú no puedes conducir, así que yo mismo te llevaré. ¿Sabrías decirme dónde está tu casa?

Doy una carcajada y levanto mi cabeza de su hombro para mirarlo. Tiene unos ojos tan bonitos y brillantes…

—No sé… Puedo darte la dirección pero creo que está bastante lejos… Puede que a una hora o más… La verdad es que no tengo ni idea —me encojo de hombros y le sonrío tímidamente, cual, niña inocente que no sabe la respuesta. Él me devuelve la sonrisa y por un instante creo estar perdida en el paraíso.

—Podría llevarte a mi casa que está muy cerca de aquí y así mañana puedes recoger tu coche. Si te llevo a tu casa en tu coche, luego no tendría cómo volver yo y si vamos en el mío, igualmente habría que volver mañana a por el tuyo.

No sé si está razonando consigo mismo o si me está consultando cuál es la mejor opción. Espero que sea lo primero, pues no estoy en la mejor condición para tomar ninguna clase de decisión. Aun así, le respondo para que se sienta escuchado.

—Haz lo que creas mejor. No voy a protestar… Ni tampoco tengo ahora mismo capacidad para tomar decisiones… Me fío de ti.

—Vale, pues entonces haremos lo más sencillo.

—Me parece bien. Por cierto, ¿Sabes de qué acabo de darme cuenta? —no contesta, imagino que espera que le dé la respuesta directamente—. No nos hemos presentado… Llevamos toda la noche hablando y ahora vamos a irnos juntos y ni siquiera sabemos cómo nos llamamos… —río suavemente por el supuesto despiste—. Yo soy Ana… ¿Y tú?

—Leo. Me llamo Leo.

Detengo el paso y hago que él también se detenga. Intento ponerme recta apoyándome en el brazo que sujeta mi cintura y cuando creo que he conseguido mantener el equilibrio, extiendo mi brazo derecho y le ofrezco mi mano a modo de presentación formal. Él me mira sorprendido pero me sigue el juego y estrecha mi mano. Aprovecho el contacto para reajustar mi equilibrio y cambiar el apoyo de mi peso a la otra pierna aunque mi  postura es tan frágil que acabo perdiendo el poco equilibrio que había conseguido, volcando todo mi peso en su mano, que aún permanece enlazada con la mía. Él, rápidamente percibe que estoy a punto de caerme y me sujeta bajo mis hombros con sus fuertes brazos tatuados. Mi cuerpo cae laxo sobre el suyo. Mi cabeza descansa de nuevo en su hombro y sin querer rozo mi nariz por su cuello, aspirando su olor. No desprende un perfume fuerte y salvaje como cabría esperar dada su apariencia, aunque tampoco es dulce ni sutil… Es un aroma natural, a piel cálida y cercana… Huele… Huele a hogar…

Continuará…

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¿Quieres saber cómo continúa la historia entre Ana y Leo? ¡Pues no te pierdas el próximo capítulo!

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