Una aventura de mucha tinta. Capítulo 4

¡Buenas tardes! ¿Qué tal el comienzo de la semana?

Por el sur, continúa lluviosa y parece que va a seguir así.

Os propongo continuar con la lectura de “Una aventura de mucha tinta” para entrar en calor y apaciguar un poco las bajadas de las temperaturas. ¿Os apetece?

¡Venga! Vayamos a por el siguiente capítulo.

Si te has perdido algunos de los anteriores, puedes acceder a ellos pinchando en el enlace correspondiente: Novela corta: Una aventura de mucha “tinta”. Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 3.

agujatatuaje

Capítulo 4

Me introduce en un coche, supongo que suyo, y con suma delicadeza ajusta mi cuerpo al asiento, protegiéndolo con el cinturón de seguridad. Mientras lo hace, no me mira ni me habla pero yo no puedo evitar sonreír y continuar disfrutando del olor que llega a mi nariz al estar tan cerca de su origen. A pesar de estar casi inconsciente y hecha pedazos, puedo advertir la suavidad y ternura con la que me toca. Su tacto en mi piel es tan cálido y reconfortante que en cada roce, puedo sentir cierto alivio en el hueco vacío que se ha producido en el centro de mi pecho. Como si con cada contacto, ese hueco se llenase de una satisfacción hasta ahora desconocida, pero al mismo tiempo, gloriosa. No sé si es efecto del alcohol que he bebido o de la absoluta desesperación por ser querida. Posiblemente, sea por ambas cosas pero no puedo ignorar  lo que siento y la evidencia del consuelo que me está produciendo, no sólo su compañía o sus palabras, también su mirada y su piel… Incluso su olor, transportándome a un lugar de mis recuerdos en el que me sentía en paz y que tanto he anhelado últimamente. Ese olor a hogar, tan peculiar y que te inunda los sentidos de emociones…

Confío plenamente en él, por extraño que parezca, permitiendo que me lleve dónde desee. No pregunto en ningún momento y ni siquiera presto atención al entorno o el camino que seguimos. Apoyo mi pesada cabeza sobre el mullido reposacabezas del asiento y me relajo, intentado descansar la tensión acumulada en mi cuello. Durante el corto trayecto, cierro los ojos un par de veces, dejándome vencer por la necesidad de mi cuerpo. No pongo ninguna resistencia y permito que mis cansados párpados reposen un instante calmando su urgencia de abandono.

Al llegar a nuestro destino, me ayuda a salir del coche con la misma delicadeza que utilizó para introducirme en él. Usa su cuerpo como soporte para el mío, ajustándose a mis curvas y mi laxitud para que mi frágil cuerpo pueda sustentarse debidamente sobre sus fuertes músculos. Con su mano en mi espalda, me presiona ligeramente al final de la columna para impulsarme a caminar. Obedezco a la orden de su mano automáticamente, como si sus impulsos nerviosos estuvieran conectados de alguna manera a mi cerebro, llegando incluso a sentir un rápido y sutil cosquilleo que se desliza hacia arriba por toda mi columna vertebral.

Caminamos juntos, como si mi  cuerpo fuese una extensión del suyo, hasta llegar a lo que parece ser su apartamento. Una vez en el interior, me acerca hasta el sofá de la sala y me sienta sobre él asegurándose de que la parte superior de mi cuerpo no cae hacia adelante, haciéndome volcar sobre el suelo.

En otro momento cualquiera, mi comportamiento sería totalmente diferente. Ni siquiera hubiese ido a casa de un desconocido o de alguien a quien acabo de conocer y del que lo único que sé; es que le encantan los tatuajes, dar consejos y consolar a mujeres heridas sentimentalmente. Ninguno de dichos atributos son, precisamente, garantía de seguridad. Y en caso de tomar ese riesgo y adentrarme en una situación tan peligrosa, estaría totalmente en alerta, controlando y observando todo lo que ocurre a mi alrededor por si tuviese que salir huyendo… Pero en este momento, nada es como sería habitualmente. Yo, jamás me hubiese parado en un local como ese, ni habría contado mis problemas a un desconocido, y por supuesto, nunca me habría marchado con él y mucho menos a su casa, pero la verdad es que me da lo mismo. No me importa lo que pueda pasarme o cuáles sean sus intenciones… Mi intuición me dice que es una buena persona y que solo está ayudándome, o al menos, eso quiero creer. De todas formas, mi estado actual no me permite hacer otra cosa que confiar en la buena voluntad y el buen hacer de este joven barbudo tan atractivo y sugerente…

Me gustaría abrir los ojos y ver qué hace mientras mi mente murmulla en un intento de devolverme la conciencia y el sentido común pero el peso de mis párpados es tan fuerte que no puedo elevarlos. Mi espalda se ha deslizado lateralmente por el respaldo del sofá, hasta estar casi tumbada en el asiento. Puedo oír cómo se desplaza por la casa, manteniendo el silencio producido en el coche. El golpe de sus zapatos contra el suelo, suenan en mi cabeza como auténtica sinfonía para conciliar el sueño. A veces más cerca y otras apenas perceptible, se mueve despacio, con calma y cierta pausa, como una melodía apaciguadora. El resto, es solo silencio, silencio que intensifica dicha melodía y que me guía hacia ella, dirigiéndome hacia un sueño ansiado y reparador.

Cedo totalmente a la voluntad de mi cuerpo y me sumerjo con una sonrisa en un profundo sueño mientras siento sus manos sobre mi cuerpo. Ese pequeño roce, es suficiente para darme el calor que me faltaba, otorgándole a mi cuerpo maltrecho y frágil, el sosiego y la calma necesaria para rendirse por completo y a ciegas a la imperante necesidad de cuidado y protección. Y como si sus manos se tornasen mágicas,  ofrecen quietud a mi agitada mente y la hacen viajar hacia un mundo que sólo parece posible en sueños…

A la mañana siguiente me despierto sobre sábanas blancas. Abro los ojos muy despacio, aún con los párpados ligeramente cansados, y sin moverme del sitio donde me encuentro comienzo a observar mi alrededor. Guio mi mirada hacia abajo y deslizo mi mano por la sábana sobre la que estoy tumbada. Sin duda, he dormido sobre una cama vestida con sábanas blancas, suaves y limpias. Miro mis pies, cubiertos por las medias y asciendo por mis piernas hasta llegar a la falda de tubo, negra, que aún permanece sobre mi cuerpo. La camisa de seda que vestía anoche, también sigue cubriendo mi piel y por un instante suspiro aliviada por no haber amanecido desnuda.

Miro frente a mí y solo puedo ver la pared que divide la habitación de lo que parece ser el aseo. La puerta está entreabierta y puedo advertir por la pequeña ranura de luz que asoma, la cerámica de lo que podría ser un lavabo.

Mi vista no alcanza más espacio, así que me concentro en escuchar algún sonido que me ofrezca una señal o pista acerca de lo que está pasando en el resto del apartamento. No oigo nada por más que me empeño, ni siquiera el ruido procedente de la calle. Aunque puedo sentir el vacío tras mi espalda, me giro lentamente y compruebo que estoy sola en la cama. Vuelvo a suspirar aliviada.

Pongo los sentidos en mi ser e indago cómo me encuentro. Un dolor agudo y sordo inunda mi  cabeza, mi saliva está espesa y seca y mis ojos parecen agotados de tanto llanto. El vacío que tanto me dolía ayer, parece haber sido ligeramente velado. Ya no duele tanto y el abismo al que caía no resulta tan demoledor aunque permanece una extraña sensación que me recuerda al dolor de una herida cortante muy reciente y que aun está sanando.

Recuerdo entrar en aquel bar y conversar con un joven muy cercano y amable mientras yo bebía más de lo que debía. Sé que estoy en su casa e intuyo que entre nosotros no ha pasado nada, pues mi estado físico no parece estar muy indecente, apariencia propia tras una noche de alcohol y sexo salvaje. Pero, sí recuerdo sentirme escuchada y cuidada, con una sensación de paz que sosegaba mi desesperación y mi sufrimiento. No sé qué le conté, imagino que más de lo que le interesaba, ni tampoco qué me contó él a mí pero sé que al pensar en él esbozo una sonrisa de ternura que llena mi pecho de satisfacción y consuelo. Me pregunto si mi sensación es auténtica o propia de mi imaginación, un recuerdo inventado por la necesidad de ser querida mezclada con la enajenación producida por el alcohol.

Decido levantarme, dirigiéndome en primer lugar al baño. Mi reflejo en el espejo es bastante peor de lo que pensaba. El rímel se ha extendido alrededor de mis ojos, hinchados y rojos, y tengo parches de maquillaje por todo el rostro. El recogido que sujetaba de forma elegante mi pelo se ha deshecho del roce con la almohada y ya no sujeta prácticamente nada. La camisa de seda está completamente arrugada y tiene una mancha de maquillaje en una manga, posiblemente de haber dormido sobre el brazo.  Rápidamente intento adecentar mi estado. Abro el agua caliente y con abundante jabón me lavo la cara hasta que está completamente blanca. Me gustaría poder maquillarme de nuevo y tapar las marcas de la resaca pero ya que no es posible, lo mejor es mostrar la pureza posible. Después me echo un poco de agua fría para despejarme, abrir por completo los ojos y estirar la piel. Me enjuago la boca usando un poco de pasta de dientes y mi dedo como cepillo, eliminando los restos de saliva seca de las comisuras de mis labios.

Retiro las horquillas de mi pelo y con mis dedos deshago los nudos y me peino las ondulaciones ocasionadas por el recogido. Utilizo un poco de agua para moldearlo tal como deseo y decido dejarlo suelto para que así cubra ligeramente mi rostro y pueda esconderme tras él en caso de aparecer la temida vergüenza.

Intento alisar mi ropa pero eso es demasiado complicado usando solo mis manos, así que me conformo con haber mejorado considerablemente mi aspecto. Vuelvo a la habitación y me calzo los zapatos negros de tacón. El malestar regresa a mis pies fríos y adormecidos, que ya se creían libres del tormento ocasionado por la incómoda altitud y el asfixiante apriete.

Camino despacio, intentando no hacer demasiado ruido al chocar las puntas del tacón contra el suelo. No quiero enturbiar el silencio que reina en el ambiente. Tomo aire para prepararme a lo que esté a punto de suceder y salgo al otro lado de la habitación. Mi corazón se acelera y el miedo regresa, temiendo haber inventado mis recuerdos y encontrarme ante una imagen totalmente diferente a la que existe en mi mente.

En cuanto cruzo el umbral me invade un olor a café recién hecho y a pan tostado que alimenta mis sentidos. Me dirijo hacia el origen de tan fabuloso olor mientras inhalo tanto como puedo y disfruto de uno de los momentos más maravillosos de este mundo. Ese momento, en el que, ese olor tan sabroso se mezcla con el aroma propio de la piel que flota en el ambiente. Una nube invisible de sensaciones suspendida en el aire, colma el espacio en el que se mueve, inundando los sentidos de ese inigualable sentimiento que te recuerda que estás en casa.

Observo su espalda mientras cocina. Lleva una camiseta de manga corta de color blanco, no demasiado ajustada pero lo suficiente para marcar los músculos que se esconden bajo su tela. Aunque la mesa me impide ver más allá de su cintura, se adivina el borde superior de un pantalón vaquero de tono oscuro. Parece bastante despierto por la agilidad de sus movimientos. Permanece en silencio mientras sirve leche caliente en una taza y unta mermelada sobre una tostada. Con la mano derecha se lleva la rebanada de pan a la boca y escucho cómo sus dientes se clavan sobre el crujiente desayuno. No hablo y detengo mis pasos para no interrumpir la escena que se desarrolla ante mí. Decido disfrutar por un instante más de tal espectacular imagen y de las emociones que me evocan. Dejo que fluya la ilusión de un nuevo día mucho más esperanzador y me contagio de la armonía que transmite la sutiliza y el encanto de sus movimientos.

No recuerdo su rostro. Únicamente sé que lucía una barba asombrosa, llena de colores y que bordeaba perfectamente unos labios carnosos y rojos. Recuerdo su mirada, transparente como el agua, y la dulzura desprendida por el color de la miel en sus ojos. Recuerdo ver mi reflejo en ellos con absoluta claridad y sentirme triste con la imagen que me devolvían de mí misma. Sé que su mirada es especial.  De repente, ansío volver a verme a través de ella y traspasar esa luz tan clara y brillante que la hace tan única y asombrosa.

Se gira muy despacio, y dirige sus ojos directamente a mí, como si supiese desde el principio que he estado ahí, observándolo. Coloca la taza, en la que ha servido la leche, sobre la mesa que tiene delante, mientras sostiene aún en su mano derecha la tostada mordida. Esboza una amplia sonrisa y me da la bienvenida con una expresión cariñosa y amable. La imagen que se despliega ante mí es como una caricia para mi alma herida, más sanadora que cualquier otro remedio. Sin dudarlo, le devuelvo el gesto ofreciéndole mi sonrisa más tierna.

Desde mi posición puedo advertir una pequeña gota de mermelada suspendida en su barba y no puedo imaginar un momento más dulce que éste. Mi pecho se inunda de afecto, despejando la niebla producida por el miedo. Todo se vuelve claro e inmediatamente sé que no ha sido una invención de mi mente, a pesar de que parece que estoy viviendo en un sueño.

Continuará…

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¡No os perdáis el siguiente capítulo! Nos vemos el próximo martes.

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