Una aventura de mucha tinta. Capítulo 5

¡Buenos días! ¡Feliz comienzo de semana!

Parece que el sol vuelve a brindarnos su luz y calor. Qué ganas de disfrutarlo, ¿verdad?

Hoy, os traigo otro capítulo de la novela «Una aventura de mucha tinta». ¿Estáis listos para viajar con Ana y Leo?

Si te has perdido alguno de los capítulos anteriores puedes acceder a ellos pinchando sobre el enlace correspondiente Novela corta: Una aventura de mucha “tinta”. Una aventura de mucha tinta. Capítulo 1 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 2 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 3 Una aventura de mucha tinta. Capítulo 4.

agujatatuaje

Capítulo 5

Camino despacio hasta llegar a él. Le ofrezco una sonrisa tímida y me muevo coqueta sin apartar mis ojos de los suyos. Él me mantiene la mirada mientras observa cómo me acerco.

En este momento me siento como una niña avergonzada, arrepentida tras haber cometido una travesura. Sé que no voy a recibir ninguna regañina ni castigo pero aun así tengo la necesidad de pedir disculpas. No importa si ambos somos adultos y responsables de nuestros actos. Me comporté como una cría desquiciada y he causado molestias a alguien que no tenía que verse implicado.

Hace un gesto para que me siente a la mesa y sin dudarlo ni un instante acepto su invitación. Examino la mesa y aprecio todo lo que ha preparado para el desayuno. Sobre un pequeño salvamantel ha colocado una cafetera metálica tradicional, todavía humeante, que desprende un aroma fabuloso a café recién hecho. En una jarra ha servido leche hirviendo que ha calentado en un cazo mediano. Sobre una bandeja, hay como una docena de rebanadas de pan de molde tostadas y en torno a ellas, hay mantequilla, mermelada, aceite de oliva y un plato pequeño con algunas lonchas de jamón cocido. Me pregunto si cada mañana preparará lo mismo para tomar el desayuno él mismo. Inmediatamente, mi mente viaja hacia la última vez  que mi entonces marido y yo desayunamos juntos. Tengo que ir muchos meses atrás para llegar a un recuerdo similar y aun así, era yo quién preparaba con amor los alimentos y a quién le parecía siempre poco ofrecimiento. Si lo pienso bien, creo que nunca tuvo un detalle así conmigo. Ello hace que este momento me parezca más especial de lo que posiblemente es, aunque también me invade la nostalgia.

—Se van a enfriar las tostadas. Vamos, come. Debes reponer fuerzas —interrumpe mi ensoñación invitándome a que me sirva,  ya que desde que me he sentado no he pronunciado palabra ni me he movido del sitio.

—Siento muchísimo todo lo que ha pasado, de verdad. Qué vergüenza… No suelo comportarme así. Soy mucho más seria y responsable de lo que seguramente aparenté anoche —me disculpo mientras él toma la iniciativa y coloca varias tostadas sobre mi plato. Acerca la cafetera a mi taza, preguntándome con el gesto de alzarla si voy a tomarlo. Afirmo con la cabeza mientras continúo con mi discurso. No me  detengo hasta que él me interrumpe.

—No tienes que disculparte ni sentir vergüenza por nada. Todos hemos tenido alguna que otra noche como la de ayer y no pasa nada. A veces es necesario para poder avanzar.

—Ya, pero te he molestado a ti. Fíjate, hasta me has traído a tu casa. Por cierto, muchas gracias por todo y por tratarme… tal como lo has hecho… Yo…

—No ha sido ninguna molestia. Es agradable tener compañía. Vamos, come.

Se sienta a mi lado y comienza a prepararse otra tostada. Animada por él, hago lo mismo. Unto aceite de oliva sobre una de las tostadas y la cubro con jamón cocido. Doy un primer sorbo al café y el efecto de curación que me produce, me incita a seguir comiendo. Con cada bocado y cada sorbo me voy sintiendo cada vez más despejada y recuperada.

Entre una tostada y otra, no puedo evitar deslizar mi mirada hacia mi derecha y observar cómo saborea y disfruta cada alimento. Mastica muy despacio y antes de inclinar la taza para beber huele el aroma que desprende. Lo hace cada vez que la levanta de la mesa, aspirando su olor con la misma intensidad que la primera vez. Sonrío ante su delicadeza e intento tomar mi desayuno con la misma calma.

—¿Te encuentras mejor? Espero que al menos hayas dormido bien.

—He dormido estupendamente. Me he levantado algo… resacosa… pero bastante más relajada.

—Me alegro. Verás como después del desayuno, estás como nueva —acerca su mano izquierda a mi mano derecha, que descansa sobre la mesa, y la acaricia con una suave presión en un intento de transmitirme consuelo o quizás, ánimo. Su gesto es mucho más potente que la sanadora cafeína. Consigue llegar hasta mi corazón herido a través del roce de nuestras manos, cubriendo con ternura lo que otro ha rasgado con  dureza.

—¿Por qué me ayudas? —pregunto ensimismada por su cariño y comprensión.

—¿Y por qué no iba hacerlo? —encoje los hombros y sonríe, restando importancia al acto, como si auxiliar a desconocidos fuese algo habitual en su vida.

—Contestar con una pregunta, no es dar una respuesta pero ya que estoy sana y a salvo gracias a ti, la tomaré como válida —río para que aprecie mi tono, ligeramente cómico.

—Vaya, pues gracias, supongo, por tan considerado detalle —suelta una carcajada—. Imagino que no es común en los abogados dar el beneplácito, ¿no?

—¿Cómo sabes que soy abogada? —Arrugo el entrecejo, intentando recordar si ayer hubo algún momento en el que le dijese mi profesión—. No es necesario que me contestes, imagino que te lo dije yo misma. De todas formas, creo que es demasiado evidente…

—Bueno, no te preocupes, ser abogada no es nada malo —ambos sonreímos.

Comienza a recoger los platos, ya vacíos, de la mesa y me levanto enseguida para prestarle mi ayuda. Voy acercándole los enseres, mientras él los va lavando. Nuestras manos se rozan suavemente bajo la espuma que cubre sus manos, llenando ligeramente mis dedos, única señal de que nos hemos tocado. Observo cómo la espuma va resbalando entre mis dedos y sin pretenderlo viene a mí, el estremecimiento que causa un baño caliente de sales y espuma aromatizada. Intento pensar en qué momento he tenido esa experiencia y si estaba acompañada por el causante de mi dolor, pero  creo que tan solo es la ilusión de un recuerdo. El simple deseo de vivir un momento como ese, ha llevado a mi cuerpo a percibir las emociones.

Imagino cómo sería compartir un baño así con el hombre que tengo a mi lado, tan rudo de apariencia y tan tierno al mismo tiempo.  Casi puedo oler la maravillosa mezcla del perfume de su piel con los aromas frescos y afrutados de las sales y sin poder evitarlo, mi piel se estremece de nuevo. Reacciono inmediatamente guiada por la fantasía imaginada. El flujo de sensaciones que están invadiendo mi ser, hace que me pregunte quién es él y qué ocurrió anoche. El silencio que mantenemos me permite viajar en el tiempo mentalmente e intentar traer al presente algún dato sobre él o nuestro encuentro que explique las emociones que estoy sintiendo.

Hago un rápido repaso sobre los acontecimientos que  sucedieron la noche anterior. Puedo revivir con total exactitud el momento de la firma y el impacto que produjo en mí, cómo me hice pedazos mientras conducía hacia ninguna parte y me lamentaba por no haber previsto lo ocurrido. Sé que me sentía tan perdida que acabé perdiéndome literalmente y tuve que detenerme en el primer lugar con luz que encontré en mi camino. Recuerdo que no era el típico restaurante ni el pijo local de copas al que suelo ir, pero en ese momento me conformaba con que tuviese un aseo al que poder acudir. No fui del todo bienvenida y sentí cierta tensión al cruzar la puerta, aunque finalmente conseguí hacerme con mi pequeño hueco y desahogué todas mis penas y mis lágrimas acompañada de whisky y de este hombre tan sugerente y diferente.

Desde el primer momento me llamó la atención, no tanto por su atractivo, pero sí por su evidente gusto por los tatuajes y por su larga barba formada por cabellos de distintos colores. Se acercó a consolarme y me ofreció su verdad y la claridad de su mirada. Recuerdo mirarme en sus ojos y sentirme disgustada con el reflejo que me devolvían. Lo que no puedo olvidar es la transparencia de su mirada, su ternura y cariño y por su supuesto, su olor. No sé si me dijo su nombre o si me contó algo acerca de él. Me da demasiada vergüenza preguntarle cómo se llama y admitir al mismo tiempo que no recuerdo nada. Aunque me parezca extraño en mí, tampoco me importa demasiado. Lo que siento cuando estoy cerca de él, me da la misma tranquilidad o incluso más, que la que se suele obtener de un montón de datos e información personal.

—Tengo que prepararme para trabajar. Me comprometí con un cliente habitual para acabarle el tatuaje y debe estar a punto de llegar. No sabes cuánto lo siento —interrumpe el silencio y se gira para hablarme mientras me mira directamente.

—Claro, por supuesto. Yo me marcho enseguida —me invade un sentimiento de tristeza y pienso cómo he sido tan tonta quedándome a desayunar. Debí salir corriendo en cuanto me desperté, por muy cómoda que me sintiese aquí. No se trataba de un desayuno romántico, era más bien un gesto de buena educación. Qué tonta…

—No, no. Tengo que llevarte yo hasta tu coche. Por si no lo recuerdas, vinimos en el mío ya que tú no estabas en las mejores condiciones para conducir. Lo dejamos donde tú misma lo aparcaste y dudo que puedas llegar hasta él caminando y menos con esos tacones. Te intentaba explicar que tendrás que esperar a que acabe. No sabía que hoy tendría visita. En ese caso, no hubiese quedado con él. Prefiero pasar la mañana contigo —hace una pausa y me observa por un instante, como si quisiera adivinar mis pensamientos—. Voy a ducharme. Ponte cómoda, ve la televisión o coge un libro y lee. Puedes hacer lo que quieras, estás en tu casa. Cuando vuelva, si te apetece podemos hablar de eso que te tenía tan triste anoche o de lo que te acaba de nublar la mirada ahora —coloca su mano en mi barbilla, alzándola, fija su vista en mis ojos tristes y esboza su tierna sonrisa. Imito su gesto, abstraída. Pasa por mi lado, dejándome junto a la encimera de la cocina, a la que me sujeto para recuperar el repentino desequilibrio de mis piernas.

Desaparece por un momento de mi vista y aprovecho para tomar aire y permitir que mi corazón retome su latido normal. Camino hacia el pequeño salón, que está unido a la cocina al estilo americano. Me siento sobre el sofá y descanso mi espalda en el respaldo. Creo recodar haber estado antes aquí tumbada y toco la tela que lo cubre con la intención de atraer alguna imagen a mi mente. Mientras me doy tiempo a mí misma, comienzo a preguntarme si pasaría algo entre nosotros. Creo estar segura al cien por cien de que no hubo sexo pero no lo estoy tanto respecto a la probabilidad de que intercambiáramos algún que otro beso… Cierro los ojos e intento rememorar alguna caricia o roce, algún sentimiento o sensación que me invadiera en ese momento… pero antes de poder sentir nada, oigo sus pasos tras mi espalda y una especie de déjà vu me devuelve al presente.

—Esperaré a que llegue. Estaré justo en el piso de abajo, por si necesitas algo, aunque no creo que tarde mucho. Ya solo queda dar algunos retoques, quizás una hora. Puedes darte una ducha mientras tanto, si te apetece.

—No te preocupes por mí. Esperaré aquí, sentada y tranquila —es mi forma de decirle que no quiero causar más molestias.

Se sienta a mi lado, con el cuerpo girado hacia mí. Entiendo que esperando el momento de marcharse. Hablo de lo primero que se me ocurre para evitar el incómodo silencio que acentúa la vibración procedente del latido acelerado de mi pulso, recordándome lo excitada que estoy.

—Así que eres tatuador… Marcas la piel de la gente para toda su vida, causando, quizás, un efecto irremediable que a pesar de ser muy positivo al principio, puede tornarse contra sí en cualquier momento…

Reflexiono sobre lo que acabo de decir y me doy cuenta de que no podía haber elegido una profesión más acorde consigo mismo. No lo conozco de nada pero si de algo estoy segura es de que debe dejar su marca en toda persona a la que se acerque. En mi caso, sé que quedará una huella imborrable grabada en mi alma.

—Tal como lo explicas, parezco yo el culpable de una decisión que han tomado ellos. Yo solo dibujo lo que me piden, si en un futuro se arrepienten no es culpa mía.

—Por supuesto… Me refería a que… —busco en mi mente una respuesta válida que excuse mi inapropiada definición pero al no encontrarla, decido cambiar el rumbo de la conversación—. No importa. Tienes razón. No me hagas mucho caso… Yo no tengo ni idea de tatuajes. Siempre me ha dado mucho miedo y creo que tiene que ser muy doloroso. ¿Para qué marcar la piel si vas a sufrir con ello y además, arriesgándote a que un día odies el mismo dibujo que antes adorabas?  No sé… Prefiero poder mirar todas las partes de mi cuerpo sin sentir rechazo por alguna de ellas.

—Creo que no tienes por qué sentir rechazo. Cuando eliges lo que quieres tatuarte lo haces por una razón y si en un futuro ya no te gusta o no se adecua a ti, es simplemente porque tú has cambiado. Puedes verlo como un avance en tu vida, un recuerdo de quién fuiste. Al fin y al cabo, elegiste eso por algún motivo de peso, tanto como para grabarlo en tu piel y que jamás se te olvidara… si más tarde te arrepientes, deberías reflexionar si realmente elegiste mal o si has olvidado demasiado pronto…

Trago saliva con dificultad mientras sus palabras fluyen a través de mi mente. Su explicación, tan diferente y profunda, llega a confundirme por un instante y ya no sé si estamos hablando de tatuajes o si se trata de alguna clase de metáfora.

Vuelve el silencio y aunque él no aparta sus ojos de mí, yo los desvío dejando que vaguen según mis pensamientos. Dejo la mirada perdida, intentando comprender lo que ha dicho. Él, me da tiempo y parece esperar pacientemente a que haga mi reflexión interior.

Mis ojos viajan hacia sus brazos instintivamente y comienzo a labrar un entresijo de preguntas sobre las marcas que los cubren. Mantengo el silencio y a través de mi cuerpo expreso la curiosidad latente que lo impulsa. Dejo fluir mis manos, permitiendo que se muevan hacia donde las dirige mi mente. Reduzco el espacio que nos separa para poder llegar hasta mi objetivo y deslizo suavemente mis manos por sus brazos. A medida que voy ascendiendo, giro cada brazo según el sentido de las líneas del dibujo. Sigo el movimiento de mis manos con los ojos y tras ellos, muevo la cabeza lentamente acercándome cada vez más a las singulares trazas que se desvían por las curvas de sus músculos, enredando más aún  el insondable dibujo. Al llegar a los hombros, tengo que levantar la manga de la camiseta que los cubre para poder seguir descubriendo la marca que él ha elegido sellar en su piel. Quizás me haya dejado llevar por la ilusión de descubrir el secreto que guarda bajo las intrincadas marcas.

No se queja ni interrumpe mi examen. Al contrario, facilita mi inspección y permite abiertamente que investigue todo lo que desee. Ambos guardamos silencio aunque puedo sentir su mirada clavada en mi cuello, siguiendo cada uno de mis movimientos.

Advierto al elevar la manga de la camiseta, que el tatuaje continúa en dirección a su espalda. Me detengo y levanto la mirada de su cuerpo. Alzo la cabeza y sin esperar estar tan cerca, me encuentro directamente con su atractivo rostro a escasos centímetros del mío. Su sonrisa pícara y su mirada brillante me dicen que tengo permiso para seguir indagando. Deslizo mis manos por todo su pecho, aprovechando para acariciar cada tramo de su piel aunque sea a través de la delgada tela. Sostengo el borde inferior con ambas manos y sin retirar la mirada, las alzo junto a la camiseta, dejando al descubierto un pecho musculado, terso y ligeramente bronceado que me hace desear volver a repasar cada milímetro de su torso.

Él me ayuda en la tarea y al llegar a la altura de la cabeza, la retira completamente con un rápido movimiento. Cuando ya nos hemos liberado del molesto tejido, conectamos de nuevo la mirada. Coloca una mano en mi nuca y me guía, despacio, hasta él. Acerca sus labios a los míos manteniendo la distancia mínima para no llegar a tocarlos. Baja la mirada hacia ellos y luego vuelve a mis ojos,  advirtiéndome de lo que está a punto de hacer. Inmóvil, dejo que haga lo que desea. Elimina completamente la separación de nuestros labios, posando los suyos sobre los míos. Los acojo gustosamente. Dulces, carnosos y extremadamente suaves. Su barba no me molesta en absoluto, provocándome en torno a mi boca una suave caricia que me cosquillea e intensifica el placer del beso. Mis fosas nasales se inundan de su olor, que viaja a través de ella hasta llegar al centro de mi pecho provocando la aceleración de mi ritmo cardiaco.

Abro la boca para permitir que entre su lengua en ella pero entonces su teléfono suena y el beso, que parecía evolucionar, se detiene. Sella mis labios con los suyos, me mira y sin decir palabra me promete continuar el apasionante beso a su regreso. La sequedad de mi garganta me impide hablar y lo único que puedo hacer es rogar que su promesa sea sincera.

Continuará…

© Todos los derechos reservados.

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?

¡No os perdáis el próximo capítulo!

Deja un comentario

Responsable » Mar Suárez Redondo.
Finalidad » Enviarte nuevos contenidos.
Legitimación » Tu consentimiento.
Destinatarios » Los datos que me facilitas estarán ubicados en los servidores de Webempresa (proveedor de hosting de marsuarezredondo.com) dentro de la UE. Ver política de privacidad de Webempresa. (https://www.webempresa.com/aviso-legal.html).
Derechos » Podrás ejercer tus derechos, entre otros, a acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos.

A %d blogueros les gusta esto: